El Libro de Joel consta de tres capítulos en la Vulgata y la Septuaginta, aunque la versión masorética hebrea lo divide en cuatro. Su estructura es compacta y simétrica, con un ritmo retórico que alterna entre descripciones directas, apostrofes y promesas divinas. Se divide en dos secciones principales: la primera (Jl 1-2,17) centra en el juicio divino mediante una plaga de langostas como precursor del Día del Señor, y la segunda (Jl 2,18-3,21) ofrece consuelo con visiones de restauración y salvación universal. Esta dualidad refleja el estilo profético típico: amenaza y esperanza entrelazadas.
Capítulo 1: La plaga y el lamento
El primer capítulo describe una catástrofe agrícola devastadora causada por enjambres sucesivos de langostas (Jl 1,4), interpretada como un castigo divino por la infidelidad de Israel. Joel insta a los ancianos y habitantes a reflexionar: «¿Ha sucedido algo como esto en vuestros días o en los de vuestros padres?» (Jl 1,2). La plaga no solo arrasa cosechas y viñedos (Jl 1,7; 1,10-12), sino que interrumpe el culto: «La ofrenda y la libación han sido suprimidas de la casa de Yahvé» (Jl 1,9). Los sacerdotes son llamados a vestir sayal y proclamar un ayuno (Jl 1,13-14), mientras la creación entera gime (Jl 1,18-20).
Desde la perspectiva católica, este capítulo subraya la interconexión entre pecado humano, naturaleza y culto. La langosta no es mera metáfora de un ejército invasor, sino un evento real que simboliza la ira de Dios, similar a las plagas de Egipto. Teólogos como San Jerónimo en sus comentarios destacan cómo este lamento colectivo prefigura la penitencia eclesial.
Capítulo 2: El Día del Señor y la llamada a la conversión
El segundo capítulo intensifica la imagen apocalíptica: las langostas avanzan como un ejército invencible (Jl 2,4-9), anunciando el Día del Señor como «oscuridad y tinieblas» (Jl 2,2). Sin embargo, surge un llamado urgente a la conversión: «¡Ahora, pues, oráculo de Yahvé, volveos a mí con todo vuestro corazón, con ayunos, con llantos y lamentos; rasgad vuestros corazones y no vuestras vestiduras» (Jl 2,12-13). Dios se revela como «misericordioso y clemente, lento a la ira y rico en clemencia» (Jl 2,13), invitando a un ayuno solemne en el Templo (Jl 2,15-17).
Esta sección pivota hacia la esperanza: Dios, conmovido por el arrepentimiento, promete restaurar la tierra (Jl 2,18-27) y derramar su Espíritu sobre toda carne (Jl 2,28-32), una profecía cumplida en Pentecostés según Hechos 2,16-21. En la tradición católica, este pasaje es central para la teología del Espíritu Santo, como enfatiza el Concilio Vaticano II en su visión de la renovación carismática.
Capítulo 3: Juicio y salvación final
El tercer capítulo (o cuarto en la hebrea) anuncia el juicio sobre las naciones en el «valle de Josafat» (Jl 3,2; 3,12), donde Dios vindicará a su pueblo contra opresores como filisteos, fenicios, edomitas y egipcios (Jl 3,4-8). Paralelamente, promete una era de bendición para Sión: «El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre, antes de que venga el Día de Yahvé, grande y terrible» (Jl 3,4, citando 2,31), pero «todo el que invoque el nombre de Yahvé será salvado» (Jl 3,5).
Este cierre escatológico integra temas de redención universal, con Jerusalén como centro de la salvación (Jl 3,17; 3,21). La Iglesia católica interpreta esto como prefiguración del Juicio Final y la Nueva Jerusalén, influyendo en el Apocalipsis (cf. Ap 14,15).