El Libro de Miqueas se divide tradicionalmente en tres partes principales, cada una con un tono y propósito distintos, aunque un hilo conductor de juicio y esperanza une el conjunto. Esta división, reconocida en la exégesis católica desde los Padres de la Iglesia hasta los comentarios modernos, refleja la evolución del mensaje profético: de la denuncia a la promesa, y de la acusación a la súplica.
Primera parte: Juicio sobre Samaria y Judá (Capítulos 1-3)
Los capítulos iniciales se centran en la inminente destrucción por los pecados de idolatría y injusticia. Miqueas inicia con una visión teofánica: Dios desciende de su templo para juzgar la tierra (Mi 1,2-4), simbolizando su intervención activa. La culpa principal recae en Samaria, descrita como un «montículo en el campo» y un «lugar para viñedos» (Mi 1,6), por su prostitución espiritual (Mi 1,7). Esta «herida incurable» se extiende a Judá y Jerusalén (Mi 1,9).
En el capítulo 2, el profeta condena la codicia de los poderosos que despojan a los débiles (Mi 2,1-5), prometiendo un remanente fiel restaurado por Dios (Mi 2,12-13). El capítulo 3 arremete contra los líderes corruptos: «príncipes que juzgan por soborno, sacerdotes que enseñan por salario, profetas que adivinan por dinero» (Mi 3,11). Culmina con la profecía de que Sion será «arada como un campo» y Jerusalén «un montón de ruinas» (Mi 3,12), una frase citada en el Antiguo Testamento para ilustrar la misericordia divina al retractarse ante el arrepentimiento.
Esta sección, compuesta probablemente poco antes de 722 a.C., usa un estilo lamentoso con lamentos fúnebres y juegos de palabras (por ejemplo, en Mi 1,10-15), enfatizando la inevitabilidad del castigo.
Segunda parte: Promesas de restauración y mesianismo (Capítulos 4-5)
El tono cambia a uno de esperanza post-juicio, posiblemente escrito tras la caída de Samaria, cuando el peligro asirio se aleja de Jerusalén. El capítulo 4 describe una era mesiánica: naciones convergiendo a Sion para aprender la Torá de Dios, con espadas convertidas en arados (Mi 4,1-4), una visión de paz universal que ecoa en Isaías 2.
La profecía central es la del gobernante de Belén: «De ti, Belén Efratá, pequeña entre los clanes de Judá, saldrá el que ha de gobernar a Israel» (Mi 5,1; en hebreo, 5,2), con orígenes eternos, aludiendo a la divinidad del Mesías. Dios abandona temporalmente a su pueblo «hasta que la que está de parto haya dado a luz» (Mi 5,2), interpretado en la tradición católica como referencia a la Virgen María y el parto virginal. El Mesías pastoreará con poder divino, trayendo paz hasta los confines de la tierra (Mi 5,3-4).
Algunos exegetas católicos ven en Mi 4,8-5,1 alusiones a la torre del rebaño como símbolo de la protección de Sion, rechazando teorías postexílicas por falta de evidencia convincente. Esta parte resalta la soberanía de Dios sobre las naciones, culminando en la derrota de Asiria como arquetipo de la victoria final.
Tercera parte: Disputa legal y súplica (Capítulos 6-7)
Los capítulos finales adoptan una forma dramática de rib (demanda judicial divina). Dios interpela a Israel por su ingratitud, recordando liberaciones pasadas como la de Egipto (Mi 6,3-5). Ante la pregunta sobre sacrificios expiatorios (Mi 6,6-7), Miqueas responde que Dios exige «hacer justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios» (Mi 6,8), un versículo icónico en la ética católica que prioriza la moral sobre el ritual.
El juicio se justifica por violaciones flagrantes: fraude en pesos y medidas, violencia y mentira (Mi 6,9-16). El capítulo 7 lamenta la corrupción social —"el piadoso ha perecido» (Mi 7,2)— y describe tensiones familiares (Mi 7,6, citado por Jesús en Mt 10,35-36). Sin embargo, termina en esperanza: Dios perdona y restaura, como la hierba que reverdece (Mi 7,7-20), con una doxología alabando la fidelidad eterna de Dios a la Alianza con Abraham y Jacob.
La autoría de esta sección se atribuye mayoritariamente a Miqueas, con afinidades estilísticas a los capítulos iniciales, posiblemente retrospectiva sobre la caída de Samaria.