El Libro de Nahún consta de tres capítulos breves, divididos en dos partes principales: una introducción teológica (capítulo 1) y la descripción profética de la caída de Nínive (capítulos 2 y 3). Su estilo es poético, con imágenes vívidas de destrucción y consuelo, caracterizado por aliteraciones y paralelismos hebreos que lo convierten en una «obra maestra literaria» según la exégesis católica. El texto no es un acróstico completo como el de Lamentaciones, pero su forma lírica evoca salmos de juicio divino.
Capítulo 1: La justicia y la bondad de Dios
El primer capítulo comienza con un oráculo contra Nínive (Nah 1,1) y presenta a Dios como un ser celoso y vengador (Nah 1,2), pero también lento para la ira y protector de los fieles (Nah 1,3-7). Se describe la ira divina manifestándose en cataclismos naturales: el Señor reprende el mar, seca los ríos y hace temblar las montañas (Nah 1,4-6), simbolizando su poder absoluto sobre la creación. Esta teofanía apocalíptica contrasta con la bondad de Yahvé como «fortaleza en el día de la angustia» (Nah 1,7), prometiendo la destrucción total de los adversarios (Nah 1,8-11).
Hacia el final, el profeta anuncia la liberación de Judá del yugo asirio: «Ahora romperé su yugo de sobre ti y desgarraré tus cadenas» (Nah 1,13). Culmina con la imagen mesiánica de un mensajero de buenas nuevas: «¡Mirad sobre los montes los pies del que trae la noticia, del que anuncia la paz!» (Nah 1,15), evocando la paz eterna para Judá. En la interpretación católica, este pasaje prefigura la venida de Cristo como portador de salvación, como nota San Agustín en La ciudad de Dios.
Capítulo 2: La destrucción de Nínive
El segundo capítulo pinta un cuadro dramático del asedio y saqueo de la ciudad. Un «destructor» avanza contra Nínive, urgiendo a sus habitantes a fortificar murallas y prepararse (Nah 2,1-2). Se describe la llegada de los guerreros enemigos con escudos rojos y carros relucientes que corren como antorchas (Nah 2,3-4), evocando el caos de la batalla. Las puertas del río se abren, el palacio tiembla y la ciudad se vacía como un estanque que se drena (Nah 2,6-8).
El profeta lamenta la pérdida de las riquezas de Nínive, comparada con la guarida de leones donde el rey asirio acumulaba botines para su prole (Nah 2,11-12). Dios declara: «Yo estoy contra ti… quemaré tus carros en humo» (Nah 2,13), enfatizando que la voz de los mensajeros asirios ya no se oirá. Esta sección resalta la vanidad del poder humano ante la voluntad divina, un recordatorio para los lectores de Judá de la restauración de su majestad (Nah 2,2).
Capítulo 3: El juicio final y la ruina
El tercer capítulo denuncia los pecados de Nínive: su sangre derramada, mentiras, rapiña y hechicería (Nah 3,1-4). Dios promete humillarla públicamente, como a una prostituta, y compararla con Tebas (No-Amón), que cayó pese a su fortaleza (Nah 3,5-10). Nínive, ebria de sangre, enfrentará un fin amargo sin compasión (Nah 3,11). Sus guerreros y mercaderes, como langostas, huirán en pánico (Nah 3,12-17).
El libro concluye con la imagen de la reina viuda entre despojos y el clamor universal por la caída del opresor: «Todos los que oigan hablar de ti batirán palmas por ti» (Nah 3,19). Esta visión profética se cumplió históricamente en 612 a. C., validando la palabra de Dios y consolando a Judá.