El Libro de Zacarías se divide en dos secciones principales, diferenciadas por estilo y temática, aunque unidas por el hilo conductor de la esperanza en la restauración divina. Esta división refleja posiblemente dos fases del ministerio profético: una inmediata, ligada a la reconstrucción del Templo, y otra más visionaria, orientada al futuro mesiánico.
Primera parte: Las visiones y exhortaciones (capítulos 1-8)
Los capítulos iniciales comienzan con una introducción que llama al arrepentimiento, recordando la ira de Dios contra los antepasados infieles y exhortando al pueblo a volver a Él: «Regresa a mí, y yo regresaré a vosotros, dice el Señor de los ejércitos». Esta sección, datada en el segundo y cuarto años de Darío (520-518 a. C.), incluye ocho visiones nocturnas recibidas el 24 de sebat (noviembre de 520 a. C.), que simbolizan la misericordia de Dios y la vindicación de Israel.
Entre estas visiones destacan:
Los jinetes en el myrtal: Un hombre montado en un caballo rojo, acompañado de caballos de colores variados (castaños, alazanes y blancos), patrulla la tierra en reposo, anunciando que Dios consolará a Sión y reconstruirá Jerusalén. Esto representa la vigilancia divina sobre las naciones y la promesa de paz.
Los cuatro cuernos y los cuatro herreros: Los cuernos simbolizan las potencias que dispersaron a Judá, mientras que los herreros son las fuerzas que las derribarán, prefigurando la liberación.
El hombre con la cuerda de medir: Jerusalén futura no necesitará murallas, pues Dios será su protección como un muro de fuego, atrayendo a todas las naciones.
Josué, el sumo sacerdote: Vestido con ropas sucias ante el ángel de Yahvé, es purificado, simbolizando la remisión de los pecados de Israel y la venida de un «Renuevo» mesiánico.
Otras visiones incluyen candelabros y olivos (representando el espíritu de Dios sobre Zorobabel), un rollo volador (maldición contra el robo y la falsedad) y cuatro carros (juicio sobre las naciones). La sección culmina con un oráculo sobre el sumo sacerdote Josué, coronado como tipo del Mesías, que unirá los roles de sacerdote y rey en la construcción del Templo espiritual.
En los capítulos 7 y 8, datados en el cuarto año de Darío (518 a. C.), Zacarías responde a una consulta sobre el ayuno: Dios cuestiona si estos ritos son verdaderamente para Él o solo formalismos egoístas. Exhorta a la justicia social: «Administraos juicios rectos, sed bondadosos y misericordiosos unos con otros; no oprimáis a la viuda ni al huérfano, al extranjero ni al pobre». La desobediencia pasada llevó al exilio, pero el arrepentimiento trae bendiciones: Jerusalén será llamada «Ciudad de la verdad» y un refugio para todas las naciones.
Segunda parte: Los oráculos mesiánicos (capítulos 9-14)
Esta sección, posiblemente escrita hacia el final del reinado de Darío o inicios del de Jerjes (alrededor de 485 a. C.), adopta un tono más apocalíptico y se estructura en dos «cargas» o oráculos proféticos. Carece de dataciones precisas, lo que ha llevado a debates sobre su autoría, pero la tradición católica la atribuye a Zacarías.
La primera carga (9-11) anuncia la destrucción de naciones enemigas (Siria, Fenicia, Filistea) y la llegada de un rey humilde: «He aquí que tu rey viene a ti, justo y victorioso, humilde y montado en un asno». Este pasaje se interpreta como profecía de la entrada mesiánica en Jerusalén. Incluye símbolos pastorales: Zacarías representa al buen pastor rechazado por treinta monedas de plata, prefigurando la traición de Judas, y critica a pastores infieles como Sellum, Joaquín y Joaquín.
La segunda carga (12-14) describe una guerra escatológica: naciones se congregan contra Jerusalén, pero Dios las derrota mediante la casa de David. Un lamento por el «traspasado» evoca la crucifixión: «Mirarán hacia mí, a quien han traspasado». Se promete una fuente de purificación, la eliminación de la idolatría y un día en que Yahvé será rey sobre toda la tierra, con Jerusalén como centro de peregrinación universal. El libro concluye con la separación final entre justos e impíos, y una era de santidad donde todo será consagrado a Dios.