Etimológicamente, la palabra «apócrifo» proviene del griego apokryphos, que significa «oculto»1. En sus inicios, este término no tenía una connotación negativa, sino que simplemente designaba escritos de origen sagrado que se creía habían sido guardados en secreto, ya sea esperando su revelación o porque su conocimiento estaba restringido a un círculo esotérico1. Un ejemplo de este sentido original se encuentra en el Cuarto Libro de Esdras, que menciona 94 libros compuestos por Esdras por inspiración divina; 24 de ellos debían ser publicados abiertamente, mientras que los restantes debían guardarse en secreto para uso exclusivo de los sabios1.
Sin embargo, el significado de «apócrifo» evolucionó rápidamente para adquirir una connotación desfavorable, implicando tanto la falta de autenticidad como de canonicidad1. San Jerónimo, por ejemplo, aplicó el término a todos los libros cuasi-escriturísticos que, a su juicio, estaban fuera del canon bíblico1. Los reformadores protestantes, siguiendo el catálogo de Jerónimo para el Antiguo Testamento, utilizaron el título de «Apócrifa» para referirse a los libros que la Iglesia Católica incluye en su canon del Antiguo Testamento, pero que no forman parte del canon judío1. La Iglesia Católica, por su parte, rechaza esta denominación para dichos libros, utilizando el término «deuterocanónicos» para distinguirlos1.
