La tradición sobre la Vera Cruz se remonta a los primeros siglos del cristianismo. Según relatos antiguos, Santa Elena, madre del emperador Constantino, descubrió la Cruz en Jerusalén alrededor del año 326, guiada por indicios divinos y excavaciones en el Gólgota. Este hallazgo, narrado por historiadores como Eusebio de Cesarea y San Cirilo de Jerusalén, marcó el inicio de su veneración pública.1
En el siglo IV, la devoción se extendió rápidamente. San Cirilo de Jerusalén afirmaba que «la tierra habitada entera está llena de reliquias de la madera de la Cruz». Inscripciones arqueológicas, como las halladas en Sétif (359 d.C.) y Rasgunia, mencionan fragmentos del «ligno crucis» junto a tierra de la Promesa.1 San Juan Crisóstomo describe cómo se guardaban en relicarios dorados que los fieles llevaban consigo.
Durante la Edad Media, la difusión fue notable. San Paulino de Nola envió un fragmento a Sulpicio Severo hacia el año 400, describiéndolo como un «gran regalo en pequeño compás» contra los peligros.1 En 455, Juvenal de Jerusalén obsequió uno al papa San León Magno. El Liber Pontificalis relata que Constantino donó una porción a la basílica de Santa Croce in Gerusalemme en Roma durante el pontificado de San Silvestre.1
En el siglo VI, la reina Radegunda de los francos obtuvo un fragmento del emperador Justiniano II en 569, fundando el monasterio de la Santa Cruz en Poitiers, donde Venancio Fortunato compuso el himno «Vexilla Regis». San Gregorio Magno envió reliquias a la reina Teodelinda de los lombardos y a Recaredo de España.1 Estos ejemplos ilustran cómo los fragmentos se convirtieron en regalos diplomáticos y espirituales, propagándose por Europa y Oriente.

