La doctrina del limbo de los padres surgió de la interpretación conjunta de varios pasajes bíblicos y de la convicción cristiana de que la humanidad necesitaba la redención de Cristo para entrar en la gloria celestial.
El seno de Abrahán
En la parábola del rico y del pobre Lázaro, Jesús afirma que Lázaro, después de morir, fue llevado al seno de Abrahán:
«Murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán» (Lc 16,22).
Esta imagen representa un lugar o estado de reposo reservado a los justos. La tradición cristiana identificó ese «seno de Abrahán» con la condición de los santos del Antiguo Testamento que aguardaban la redención.
Santo Tomás de Aquino explicó que el mismo estado podía recibir dos nombres según el aspecto considerado. Como lugar de descanso y ausencia de sufrimiento, recibía el nombre de seno de Abrahán; como estado privado de la visión de Dios, podía llamarse limbo.
Las promesas mesiánicas
Jesús también habló de los justos que participarían en el banquete con Abrahán, Isaac y Jacob:
«Vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos» (Mt 8,11).
La tradición vio en estas palabras una referencia al cumplimiento de las promesas hechas a los patriarcas y a su incorporación definitiva al Reino mediante la obra del Mesías.
El descenso de Cristo a los infiernos
La principal base neotestamentaria aparece en la doctrina del descenso de Cristo a los infiernos. San Pablo escribe que Cristo «descendió primero a las regiones inferiores de la tierra» antes de subir por encima de todos los cielos (Ef 4,9-10). San Pedro enseña que Cristo, muerto en la carne y vivificado en el espíritu, fue a proclamar su mensaje «a los espíritus encarcelados» (1 Pe 3,18-20).
En este contexto, «infiernos» no significa necesariamente el lugar de la condenación eterna. La expresión bíblica puede referirse al mundo de los muertos, donde aguardaban destinos diversos. La tradición distinguió entre la morada de los condenados y el lugar de espera de los justos que aguardaban la redención.
El paraíso prometido al buen ladrón
En la cruz, Jesús respondió al ladrón arrepentido:
«Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43).
La palabra «paraíso» expresa la felicidad reservada a los justos. La tradición relacionó esta promesa con la entrada de Cristo en el ámbito de los muertos y con la liberación de quienes esperaban su victoria redentora.