La práctica de la Eucaristía como una celebración comunitaria que conmemora la Última Cena de Jesús se remonta a la Primera Iglesia, establecida por el apóstol Pedro y otros testigos del sacrificio de Cristo1. Desde los primeros siglos, la Eucaristía fue el nombre más común tanto para el pan y el vino consagrados como para el servicio completo, y se entiende como «acción de gracias»2. San Justino Mártir, en el siglo II, ya describe el servicio eucarístico en Roma, mencionando la lectura de los profetas y las memorias de los apóstoles, las oraciones, la ofrenda de pan y vino con agua, la acción de gracias del presidente, y la distribución de la Eucaristía por los diáconos3.
El Concilio Vaticano II (1962-1965) profundizó en la comprensión de la liturgia, afirmando que la Eucaristía es el «santo misterio de la fe» y el centro de la vida cristiana4. En ella reside «todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, el mismo Cristo, nuestra Pascua y el pan vivo»5. La celebración renovada del sacrificio de la Misa en las asambleas litúrgicas declara que es el centro de toda la vida de la Iglesia, y hacia ella se ordenan las demás obras5. La Oración Eucarística (también conocida como Anáfora) es el corazón de la liturgia, donde el sacerdote, actuando in persona Christi, ofrece el pan y el vino que se transforman en el Cuerpo y la Sangre de Jesús6.

