La liturgia es más que un mero ceremonial o un conjunto de normas; es la acción misma de Cristo Sacerdote, quien asocia a la Iglesia consigo en esta obra1. Es, en cierto modo, la teología del pueblo cristiano, donde los fieles aprenden a orar y a vivir su fe1. La Iglesia, al celebrar la Eucaristía y el Oficio Divino, alaba incesantemente al Señor e intercede por la salvación del mundo entero2. Así, la liturgia revela a la Iglesia a sí misma y a cada creyente, siendo momentos de plenitud y gracia que propician una verdadera conversión a Dios3.
Un aspecto fundamental de la liturgia es su carácter de oración pública de la Iglesia2. No es una actividad privada, sino una celebración de la Iglesia universal, incluso cuando se realiza en el rincón más remoto de la tierra1. Esta universalidad fomenta la unidad en la fe, evitando divisiones y uniendo los corazones en la oración y el amor4.

