Renovación litúrgica postconciliar
Tras el Concilio Vaticano II, la Iglesia promovió la participación activa de los fieles mediante el uso de lenguas vernáculas en la liturgia. Este proceso implicó la revisión y traducción de los libros litúrgicos, una tarea encomendada a los obispos y sus conferencias episcopales2.
Necesidad de una traducción fiel
El magisterio reconoció que, aunque la traducción debe ser accesible, no puede sacrificar la exactitud doctrinal ni la integridad del texto latino. Así, se buscó equilibrar la literalidad con la comprensibilidad, evitando interpretaciones que alteren el sentido original3.
