La obra consta de cuatro estrofas. En ellas, la voz poética se dirige a la «llama de amor viva» y describe su acción en lo más profundo del alma. El poema avanza desde la herida amorosa y la purificación hasta la iluminación y la presencia íntima de Dios.1
La primera estrofa presenta una llama que hiere con ternura. El alma ya no vive ese fuego como un tormento, sino como un encuentro dulce, y pide que la obra divina alcance su plenitud. La imagen de la «tela» que debe romperse expresa la superación de aquello que todavía impide la unión completa.1
La segunda estrofa reúne expresiones aparentemente contradictorias: el fuego quema, pero su quemadura resulta deliciosa; la herida duele, pero la mano que la causa es tierna. El poema interpreta esta paradoja como el paso de la muerte a la vida: el amor divino destruye lo que separa al alma de Dios y la transforma interiormente.1
La tercera estrofa cambia el fuego singular por unas «lámparas de fuego». Su luz alcanza las cavernas profundas del ser, antes oscuras, y comunica a la vez claridad y calor. El alma, iluminada por Dios, deja de permanecer encerrada en la oscuridad y se convierte en lugar de alabanza y amor al Amado.1
En la última estrofa, el lenguaje se vuelve más íntimo. Dios habita secretamente en el centro del alma y la llena de gracia y gloria mediante su «dulce respiración». La imagen no describe una presencia corporal, sino la acción divina, percibida como cercana, vivificante y llena de amor.1


