La palabra longanimidad alude a la amplitud de ánimo necesaria para esperar y resistir a lo largo del tiempo. En el uso cristiano, nombra una actitud de paciencia firme ante las pruebas, las demoras y las dificultades que acompañan la búsqueda del bien. Está próxima a la paciencia y a la perseverancia, aunque el término pone de relieve especialmente la capacidad de no abandonar el bien porque sus frutos no lleguen enseguida.
La longanimidad también implica contener las reacciones impulsivas. En la vida familiar y en las relaciones con los demás, la paciencia cristiana evita responder con ofensa o irritación, siguiendo el ejemplo de Dios, cuya misericordia abre al pecador un camino para arrepentirse.3


