La ocupación nazi de Polonia
La invasión alemana de Polonia en 1939 inauguró una política de terror dirigida contra la población polaca y contra sus instituciones culturales, educativas, sociales y religiosas. El régimen nacionalsocialista consideraba a la Iglesia católica una fuerza capaz de preservar la identidad, la dignidad y la resistencia moral del pueblo polaco.
Las autoridades nazis arrestaron a obispos, sacerdotes, religiosos, seminaristas y laicos vinculados a la actividad eclesial. Muchos prisioneros afrontaron trabajos forzados, hambre, enfermedades, torturas, ejecuciones, ahorcamientos, fusilamientos y asesinatos en cámaras de gas. La persecución buscó destruir la presencia cristiana mediante la eliminación de sus pastores y de quienes ejercían responsabilidades educativas, caritativas o apostólicas.3
La represión afectó particularmente a los sacerdotes que no abandonaron a sus comunidades y a quienes continuaron administrando los sacramentos, atendiendo a los enfermos o ayudando a otros prisioneros. Algunos murieron por proteger a personas judías perseguidas.1
Los campos y lugares de detención
Los 108 mártires no murieron todos en el mismo campo ni recibieron idéntico trato. Entre los lugares relacionados con sus muertes figuran Działdowo, Dachau y Sachsenhausen-Oranienburg, además de prisiones y otros centros de reclusión.
El arzobispo Antoni Julian Nowowiejski murió en Działdowo el 28 de mayo de 1941 a causa del hambre y los malos tratos. El obispo auxiliar Leon Wetmański murió allí el 10 de octubre de 1941 después de sufrir vejaciones. El obispo Władysław Goral, de Lublin, falleció en Sachsenhausen-Oranienburg en abril de 1945 como consecuencia de los malos tratos y las enfermedades.3
El beato Wincenty Frelichowski, sacerdote y capellán, murió en Dachau en 1945 después de atender pastoralmente a los prisioneros enfermos de tifus. Su ministerio dentro del campo convirtió la asistencia a los enfermos en una forma concreta de caridad cristiana.4


