A finales del siglo XVI, la predicación cristiana en Japón creció con rapidez en ciertos territorios. La tradición católica recuerda el testimonio de San Francisco Javier respecto al ardor de los neófitos y su deseo de extender la fe mediante el bautismo, aun en medio de obstáculos que provenían del poder político local.5
Sin embargo, ese avance no fue lineal. La expansión del cristianismo coincidió con rivalidades entre potencias y órdenes religiosas, y esto influyó en la percepción pública de las misiones. En particular, se menciona el temor a que la actividad misionera facilitase conquistas vinculadas a intereses portugueses o españoles, junto con fricciones entre familias religiosas que, lejos de apagar tensiones, a veces las avivaron.5,6
