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Los diez mandamientos

Los diez mandamientos, también llamados Decálogo-del griego déka, «diez», y lógos, «palabra»-, constituyen el núcleo de la moral revelada por Dios a Israel y asumida por Jesucristo y por la Iglesia. Expresan los deberes fundamentales hacia Dios y hacia el prójimo, orientan la libertad humana hacia el bien y encuentran su plenitud en el amor a Dios y al prójimo.

God spake all these words 10 commandments
Ver información de la imagenDios habló todas estas palabras: los diez mandamientos. PGA - Currier & Ives-Dios habló todas estas palabras (tamaño A) [P&P], Nueva York: publicado por Currier & Ives, c. 1876, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreLos diez mandamientos
CategoríaTérmino
DescripciónConstituyen el núcleo de la moral revelada por Dios a Israel y asumida por Jesucristo y por la Iglesia. El Decálogo reúne las obligaciones esenciales de la religión y de la moral, expresando los deberes fundamentales hacia Dios y hacia el prójimo
ReferenciasÉxodo 20, 2-17 y Deuteronomio 5, 6-21
Fecha de Publicación1993
Personas relacionadasA. Quirós Herruzo
TipoEnseñanza

Tabla de contenido

La formulación católica de los diez mandamientos

La formulación habitual en la catequesis católica es la siguiente:

  1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
  2. No tomarás el nombre de Dios en vano.
  3. Santificarás las fiestas.
  4. Honrarás a tu padre y a tu madre.
  5. No matarás.
  6. No cometerás actos impuros.
  7. No robarás.
  8. No dirás falso testimonio ni mentirás.
  9. No consentirás pensamientos ni deseos impuros.
  10. No codiciarás los bienes ajenos.

El Catecismo ofrece una formulación tradicional muy próxima: «No tendrás otros dioses frente a mí», «No tomarás el nombre del Señor, tu Dios, en vano», «Recuerda el día del sábado para santificarlo» y, en la forma cristiana, «Recuerda el día del Señor para santificarlo». Después presenta los mandamientos relativos a los padres, la vida, el matrimonio, los bienes, la verdad y los deseos desordenados.5

La fórmula catequética resume el contenido bíblico. No pretende sustituir la riqueza de los textos del Éxodo y del Deuteronomio, sino facilitar su memorización y su transmisión. La expresión «actos impuros» resume la exigencia de vivir la sexualidad conforme a la dignidad de la persona, la castidad y la vocación al amor.

División entre los mandamientos sobre Dios y sobre el prójimo

La primera tabla del Decálogo comprende los tres primeros mandamientos y regula la relación del ser humano con Dios:

  • La adoración exclusiva del único Dios.
  • El respeto a su nombre.
  • La santificación del día dedicado al Señor.

La segunda tabla comprende los siete mandamientos restantes y ordena las relaciones con los demás:

  • La familia.
  • La vida humana.
  • La castidad y el matrimonio.
  • Los bienes materiales.
  • La verdad.
  • Los deseos interiores relacionados con la persona y sus bienes.

Esta división no separa dos ámbitos independientes. El amor a Dios fundamenta el amor al prójimo, y el verdadero amor al prójimo nace del reconocimiento de que toda persona ha sido creada por Dios. El Decálogo forma una unidad orgánica: cada mandamiento remite a los demás y todos se iluminan mutuamente. Romper gravemente uno de ellos significa herir el orden moral del que forman parte todos.6

Explicación de cada mandamiento

Primer mandamiento: amarás a Dios sobre todas las cosas

El primer mandamiento exige reconocer a Dios como único Señor, adorarlo y ordenar toda la vida hacia Él. Prohíbe la idolatría, la superstición, el ateísmo voluntario y cualquier intento de colocar una criatura, un poder humano, el dinero, el éxito o el propio yo en el lugar de Dios.

La prohibición de fabricar imágenes en el contexto del Antiguo Testamento protegía la fe de Israel frente a la adoración de ídolos. La tradición católica distingue entre la adoración debida exclusivamente a Dios y el respeto hacia las imágenes de Cristo, de la Virgen María y de los santos. Una imagen no constituye un dios ni recibe la adoración reservada al Creador.

Este mandamiento también reclama fe, esperanza y caridad. Amar a Dios sobre todas las cosas significa confiar en Él, aceptar su verdad y orientar las decisiones hacia la comunión con Él.

Segundo mandamiento: no tomarás el nombre de Dios en vano

El segundo mandamiento manda respetar el nombre de Dios, de Jesucristo, de la Virgen María y de los santos. El nombre representa a la persona; por eso, utilizarlo con desprecio, blasfemia, burla o falsedad constituye una ofensa religiosa.

También prohíbe el juramento falso, la invocación de Dios para respaldar una mentira y el uso frívolo de lo sagrado. En sentido positivo, invita a pronunciar el nombre de Dios con fe, gratitud y reverencia.

Tercer mandamiento: santificarás las fiestas

El tercer mandamiento invita a dedicar a Dios un tiempo particular de culto, descanso y convivencia. Israel recibió el sábado como día santo; la Iglesia celebra el domingo como día del Señor, porque conmemora la resurrección de Jesucristo.

La santificación del domingo incluye la participación en la misa, especialmente cuando existe obligación grave, y el descanso de aquellas actividades que impiden el culto, la alegría propia del día y la atención a la familia. También permite las tareas necesarias, los servicios esenciales y las actividades compatibles con la dignidad humana y con el bien de la comunidad.

El domingo recuerda que el trabajo no constituye el valor supremo de la persona. El ser humano recibe la existencia como don y está llamado a reconocer a Dios como creador y salvador.

Cuarto mandamiento: honrarás a tu padre y a tu madre

El cuarto mandamiento fundamenta los deberes entre padres e hijos y extiende su alcance a las relaciones familiares y sociales. Los hijos deben a sus padres respeto, gratitud, obediencia razonable y ayuda, especialmente durante la enfermedad, la vejez o la necesidad.

Los padres tienen la responsabilidad de acoger, educar y formar a sus hijos. Su autoridad debe ejercerse como servicio al bien de la familia, nunca como dominación, violencia o abuso. La educación cristiana transmite la fe, forma la conciencia y enseña a vivir en la verdad y en la caridad.

Este mandamiento también incluye deberes hacia quienes ejercen legítimamente una autoridad civil o social. La obediencia deja de ser obligatoria cuando una autoridad manda algo contrario a la ley moral o a la dignidad humana.

Quinto mandamiento: no matarás

El quinto mandamiento protege la vida humana desde su comienzo hasta su fin natural. Prohíbe el homicidio, el aborto provocado, la eutanasia, el suicidio y toda forma de violencia injusta. La vida humana posee una dignidad propia porque la persona ha sido creada por Dios.

El mandamiento no prohíbe toda acción defensiva. La legítima defensa puede resultar moralmente lícita cuando protege la propia vida o la de otra persona frente a una agresión injusta, siempre con el uso proporcionado de los medios necesarios.

El quinto mandamiento también exige cuidar la salud corporal y mental, evitar la ira deliberada, el odio, la venganza y el escándalo. Jesucristo llevó esta exigencia al interior del corazón al condenar no solo el homicidio, sino también el desprecio y el odio contra el hermano.

Sexto mandamiento: no cometerás actos impuros

El sexto mandamiento protege la dignidad de la sexualidad humana. La castidad integra la dimensión corporal, afectiva y espiritual de la persona y orienta la sexualidad hacia el amor verdadero, la entrega responsable y, en el matrimonio, la unión de los esposos y la apertura a la vida.

Este mandamiento prohíbe la lujuria, la utilización de otra persona como objeto de placer, la infidelidad, la explotación sexual, la pornografía y las relaciones sexuales fuera del orden moral querido por Dios. También exige respeto por el propio cuerpo y por el cuerpo ajeno.

La moral católica no considera la sexualidad una realidad negativa. La entiende como un don inscrito en la vocación humana al amor, que alcanza su sentido pleno mediante la virtud de la castidad.

Séptimo mandamiento: no robarás

El séptimo mandamiento exige respetar los bienes ajenos y practicar la justicia. Prohíbe el robo, el fraude, la estafa, la corrupción, la explotación laboral, el engaño comercial y cualquier apropiación injusta.

La propiedad privada posee una función legítima, pero nunca constituye un derecho absoluto desligado del bien común. Los bienes de la creación están destinados al bien de todos. Por eso, la justicia exige solidaridad con los pobres, cumplimiento de los contratos, restitución de lo injustamente sustraído y cuidado responsable del medio ambiente.

El mandamiento también invita a la sobriedad y a la generosidad. No basta con evitar el robo; la caridad impulsa a compartir los bienes con quien padece necesidad.

Octavo mandamiento: no dirás falso testimonio ni mentirás

El octavo mandamiento protege la verdad y la reputación de las personas. Prohíbe la mentira, la calumnia, la difamación, el falso testimonio, la maledicencia y la divulgación injusta de defectos ajenos.

La verdad exige respeto por la dignidad y la legítima intimidad de cada persona. Decir la verdad no autoriza a revelar cualquier información a cualquiera ni a utilizar datos verdaderos para destruir injustamente la reputación de alguien.

La vida social necesita confianza. Por eso, este mandamiento reclama veracidad en la palabra, honestidad en las relaciones y responsabilidad en la comunicación pública y privada.

Noveno mandamiento: no consentirás pensamientos ni deseos impuros

El noveno mandamiento dirige la atención hacia el interior de la persona. La moral cristiana no juzga solo los actos externos; también considera los pensamientos y deseos deliberadamente consentidos.

La tentación involuntaria no equivale al pecado. La responsabilidad moral comienza cuando la persona acepta libremente un deseo desordenado y lo alimenta de manera consciente. Este mandamiento invita a purificar la imaginación, educar los afectos y contemplar a los demás como personas, nunca como objetos.

La pureza de corazón permite mirar la realidad con verdad y amar sin posesión ni egoísmo.

Décimo mandamiento: no codiciarás los bienes ajenos

El décimo mandamiento prohíbe la codicia, la envidia y el deseo desordenado de apropiarse de los bienes de otra persona. No condena la aspiración legítima a mejorar la propia situación ni el deseo de administrar rectamente los bienes.

La codicia convierte las riquezas en un fin absoluto y puede alimentar la injusticia. La pobreza evangélica, la sobriedad y la confianza en la providencia liberan el corazón de la esclavitud del dinero.

El décimo mandamiento completa el séptimo: mientras este protege los bienes exteriores, aquel examina la raíz interior que puede conducir al robo, a la explotación o a la injusticia.

El Decálogo y la ley natural

La ley natural designa la participación de la criatura racional en la sabiduría y bondad de Dios. No consiste simplemente en una lista de normas biológicas o en las costumbres de una sociedad. Comprende las exigencias morales que la razón humana puede reconocer en la realidad de la persona, de sus relaciones y de su vocación al bien.

El Decálogo confirma y expresa de forma revelada esas exigencias. Por eso, sus preceptos fundamentales poseen validez universal. Toda persona está llamada a respetar la vida, la verdad, la familia, la justicia, la dignidad corporal y los bienes legítimos de los demás. La ley de Dios coincide con la verdad moral que la razón puede reconocer, aunque el pecado, la ignorancia y las pasiones dificulten ese reconocimiento.7

Los mandamientos no dependen de una determinada cultura ni de una decisión política. Las formas históricas de aplicarlos pueden variar, pero el núcleo moral permanece. Por ejemplo, las sociedades pueden organizar de manera distinta la propiedad o la vida familiar, pero ninguna puede convertir legítimamente el homicidio, la mentira deliberada o la explotación del inocente en bienes morales.

La revelación no destruye la razón natural. La purifica, la confirma y la eleva mediante la gracia. El Decálogo ofrece a la conciencia una luz segura para discernir el bien y evitar el mal.

El Decálogo como preparación para el Evangelio

El Decálogo pertenece a la Antigua Alianza, pero conserva su valor moral en la vida cristiana. Jesucristo no abolió los mandamientos; los llevó a su plenitud. En el Sermón de la Montaña profundizó su sentido al mostrar que el homicidio tiene su raíz en la ira y el adulterio puede comenzar en el deseo consentido. También llamó a amar a los enemigos y a responder al mal con el bien.

Los mandamientos preparan para el Evangelio porque muestran la verdad del bien moral, desenmascaran la esclavitud del pecado y orientan al ser humano hacia la conversión. Sin embargo, no conceden por sí mismos la plenitud de la vida nueva. El cristiano necesita la gracia de Cristo y la acción del Espíritu Santo para vivirlos con un corazón renovado.

El Decálogo no constituye una colección de obligaciones aisladas. Forma una estructura unitaria de comunión con Dios y con los demás. Vivir los mandamientos significa seguir a Cristo, no limitarse a cumplir externamente una serie de normas.6,8

El cumplimiento pleno en el mandamiento del amor

Jesús resumió toda la Ley en dos mandamientos inseparables: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, y amar al prójimo como a uno mismo. La Iglesia interpreta el Decálogo a la luz de este doble mandamiento, que constituye la plenitud de la Ley.9

El amor no sustituye los mandamientos como si los hiciera innecesarios. Les comunica su sentido pleno. Quien ama verdaderamente a Dios no adora ídolos, no profana su nombre y santifica su día. Quien ama al prójimo no mata, no roba, no miente, no utiliza sexualmente a otra persona ni desea injustamente sus bienes.

El amor cristiano supera el simple cumplimiento exterior. Exige una transformación interior de la persona. Los mandamientos expresan las condiciones objetivas del amor, mientras que la gracia permite vivirlos desde dentro. Por eso, el Decálogo y las bienaventuranzas no se oponen: ambos orientan al discípulo hacia la identificación con Cristo y hacia la santidad.1

Los mandamientos como camino de libertad

La libertad cristiana no consiste en poder elegir cualquier cosa, sino en alcanzar la capacidad de elegir el bien. El pecado esclaviza porque desordena los deseos, rompe la comunión y aleja de la verdad. Los mandamientos protegen la libertad auténtica al mostrar el camino que conduce a la vida.

La obediencia a Dios tampoco equivale a una sumisión ciega o puramente exterior. El Decálogo interpela a la conciencia y reclama una respuesta personal. Dios dirige su palabra a personas libres, llamadas a responder con inteligencia, responsabilidad y amor.3

La vida moral cristiana integra ley, gracia y seguimiento de Cristo. La ley muestra el camino; la gracia capacita para recorrerlo; Cristo constituye el modelo y la fuente de la vida nueva. Así, los diez mandamientos no forman un código frío, sino una llamada a la comunión con Dios y a la verdadera humanización.

Citas y referencias

  1. A. Quirós-Herruzo. Sobre los Mandamientos, 13 (1993). 2
  2. A. Quirós-Herruzo. Sobre los Mandamientos, 8 (1993).
  3. A. Quirós-Herruzo. Sobre los Mandamientos, 12 (1993). 2
  4. Los diez mandamientos, Enciclopedia Católica, Los diez mandamientos (1913).
  5. Capítulo tres, la salvación de Dios: Ley y gracia, Catecismo de la Iglesia Católica, 2051 (1992).
  6. A. Quirós-Herruzo. Sobre los Mandamientos, 11 (1993). 2
  7. A. Quirós-Herruzo. Sobre los Mandamientos, 4 (1993).
  8. B1, A. Quirós-Herruzo. Sobre los Mandamientos, 2 (1993).
  9. En resumen, Catecismo de la Iglesia Católica, 2055 (1992).
Modificado el 23 de septiembre de 2026 • FideScore™ 9.36 • 128 visitas • Citar este artículo • Paq. Scorm (LMS) • Sugerir mejora • Compartir artículo • Imprimir artículo • Generar QR • Instalar aplicación • ark:28736/mx3q33vgq

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