El Magisterio eclesial, instituido por Cristo en los apóstoles y sus sucesores, obispos y Romano Pontífice, tiene como misión principal la guarda y exposición fiel de la revelación divina.4,3,5 No se trata de una autoridad arbitraria, sino de un carisma asistido por el Espíritu Santo para interpretar auténticamente la Palabra de Dios.6 La distinción de niveles en el Magisterio responde a la necesidad de clasificar las enseñanzas según su conexión con la revelación: desde las verdades directamente reveladas hasta aquellas propuestas con autoridad ordinaria.1,7
Esta jerarquía de niveles no implica relativismo doctrinal, sino una precisión teológica que evita confundir lo irreformable con lo perfectible. Como enseña el Concilio Vaticano II, la infalibilidad se extiende tanto al depósito revelado como a lo necesario para su custodia íntegra.3,8 Los teólogos y fieles deben reconocer estos grados para ofrecer el asentimiento adecuado, desde la fe divina hasta la obediencia religiosa.2
