El relato de los pastores de Belén se encuentra exclusivamente en el Evangelio según San Lucas (Lc 2,8-20), que sitúa la escena en la noche del nacimiento de Jesús. San Lucas presenta este episodio como el cumplimiento de las profecías mesiánicas, destacando cómo Dios elige a los más humildes para revelar su plan de salvación.4
El anuncio angélico
Los pastores se hallaban en el campo, velando por sus rebaños durante la noche, cuando un ángel del Señor se les apareció, rodeado de la gloria de Dios. El mensajero celestial les proclamó: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor. Y os doy una señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Inmediatamente, una multitud de ángeles entonó el himno de gloria: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad».1,2,5,4
Esta irrupción divina contrasta con la humildad del escenario: los pastores, personas de baja condición social, dedicados a un oficio impuro según la ley judía, reciben en primicia la Buena Nueva. Su vida nómada y marginal los hace símbolos de los olvidados, a quienes Dios privilegia.3,6
La visita al pesebre y el retorno
Tras la partida de los ángeles, los pastores se dijeron entre sí: «Vamos a Belén a ver lo que ha sucedido y lo que el Señor nos ha dado a conocer». Acudieron con prisa y hallaron a María, José y al Niño acostado en el pesebre, tal como les había sido anunciado. Contaron lo que les habían dicho los ángeles, causando asombro en quienes lo oyeron. María, por su parte, guardaba y meditaba todas estas cosas en su corazón. Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído.7,5,4
Este itinerario —del anuncio a la adoración, del encuentro a la proclamación— configura a los pastores como los primeros evangelizadores, prefigurando la misión de la Iglesia.8,9
