La tradición católica identifica siete episodios específicos en los que María experimentó un dolor intenso, unidos a la misión redentora de su Hijo. Cada uno se medita con una corona de siete Ave Marías, precedida de un Pater Noster y seguida de un Gloria, como propone San Alfonso. Estos dolores no son meras anécdotas históricas, sino invitaciones a la contemplación mística, donde los fieles se unen al sufrimiento de Cristo y su Madre para obtener gracias de conversión y fortaleza.
Primera Dolor: La profecía de Simeón
El primer dolor surge en la Presentación de Jesús en el Templo, cuando el anciano Simeón profetiza: «Y a ti misma, un espada te atravesará el alma» (Lucas 2,35). María, al oír estas palabras, comprende que su Hijo, el Mesías, enfrentará rechazo y muerte, y que ella participará en ese sacrificio. San Alfonso describe este momento como el inicio del martirio interior de la Virgen, quien, desde entonces, lleva en su corazón la anticipación de la Pasión.
Este episodio resalta la obediencia filial de María, que acepta su rol en el plan salvífico con humildad. En la devoción, se pide la gracia de prever y aceptar las cruces personales, evitando el pecado que hirió el corazón de la Madre. Teológicamente, subraya la solidaridad de María con la humanidad pecadora, prefigurando su compasión en el Calvario.
Segundo Dolor: La huida a Egipto
Tras el nacimiento de Jesús, el ángel advierte a José de la persecución de Herodes, obligando a la Sagrada Familia a huir a Egipto (Mateo 2,13-15). María, con el Niño en brazos, emprende un viaje arduo por desiertos hostiles, viviendo en pobreza y exilio durante años. San Alfonso evoca las fatigas de la Virgen, delicada y pura, soportando el frío, el hambre y el desprecio como extranjera.
Este dolor simboliza la persecución de los justos y la protección divina en la adversidad. La devoción invita a los fieles a imitar la paciencia de María en las tribulaciones cotidianas, pidiendo la gracia de huir del pecado como de un tirano como Herodes. En el arte, se representa a la Virgen con el Niño dormido, evocando vulnerabilidad y confianza en la Providencia.
Tercer Dolor: La pérdida de Jesús en el Templo
A los doce años, Jesús se queda en el Templo de Jerusalén, causando tres días de angustia a María y José, quienes lo buscan con el corazón oprimido (Lucas 2,41-50). Al encontrarlo, María pregunta: «¿Por qué nos has tratado así?», revelando su dolor maternal mezclado con fe.
San Alfonso medita en los suspiros de la Virgen durante esas noches de búsqueda, simbolizando la pérdida espiritual del alma que se aleja de Dios. Este dolor enseña la búsqueda incansable de Cristo en la oración y los sacramentos, y se suplica la gracia de no perder nunca la presencia divina en la vida diaria.
Cuarto Dolor: El camino de Jesús al Calvario
María encuentra a Jesús en el vía crucis, cargando la cruz hacia el Gólgota. Cubierto de sangre y espinas, sus miradas se cruzan en un intercambio de amor y sufrimiento que hiere mutuamente sus corazones. San Alfonso describe este encuentro como un «rayo cruel» que transpercuta el alma de la Madre, quien no puede aliviar el tormento de su Hijo.
Teológicamente, este momento ilustra la unión de María con la cruz, como figura de la Iglesia que acompaña a Cristo en su Pasión. La devoción fomenta la resignación a la voluntad divina, pidiendo llevar la propia cruz con alegría al lado de Jesús.
Quinto Dolor: La crucifixión y muerte de Jesús
En el monte Calvario, María presencia la agonía de Jesús clavado en la cruz, donde Él la entrega a la humanidad: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Juan 19,26-27). Incapaz de consolarlo, la Virgen soporta el peso de su muerte, uniéndose a su sacrificio redentor.
San Alfonso enfatiza la constancia de María ante la expiración de su Hijo, un martirio que la hace Reina de los Mártires. Este dolor invita a una vida crucificada al mundo, buscando la gracia de amar a Dios sobre todas las cosas y alcanzar la bienaventuranza eterna.
Sexto Dolor: La lanza en el costado de Jesús
Tras la muerte, un soldado hiere el corazón de Jesús con una lanza, y María, testigo, ve brotar sangre y agua, símbolos de los sacramentos. San Alfonso lo presenta como un ultraje final al cuerpo inerte de su Hijo, prolongando el tormento de la Madre.
Este episodio resalta la compasión eclesial de María, que recibe en su corazón los dones de la Redención. La devoción pide defensa contra las tentaciones y asistencia en la hora de la muerte.
Séptimo Dolor: El entierro de Jesús
Finalmente, María acompaña el cuerpo de Jesús al sepulcro, arreglándolo con sus manos y dejando allí su corazón abrasado de amor. San Alfonso describe este adiós definitivo como el glaive más agudo, donde la Virgen sepulta su esperanza terrena.
Teológicamente, simboliza la espera pascual y la victoria sobre la muerte. Se suplica habitar en el Sagrado Corazón de Jesús, cantando eternamente sus alabanzas en el Paraíso.