El trono de Dios
Antes de abrirse el primer sello, Juan contempla una liturgia celestial. Dios ocupa el trono y recibe la adoración de los seres vivientes y de los veinticuatro ancianos. El himno proclama que Dios merece «gloria, honor y poder» porque ha creado todas las cosas y todo existe por su voluntad.
Los cuatro seres vivientes recuerdan a las criaturas simbólicas de las visiones de Ezequiel. Representan la creación viviente ante Dios y participan en la alabanza incesante. Los veinticuatro ancianos evocan, por una parte, las doce tribus de Israel y, por otra, los doce Apóstoles; juntos expresan la unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento en el único pueblo de Dios.
El rollo cerrado con siete sellos
En la mano derecha de Dios aparece un rollo escrito por dentro y por fuera y cerrado con siete sellos. El rollo contiene el designio divino sobre la creación, la salvación y la historia. Nadie puede abrirlo ni comprender plenamente su contenido. La escena expresa la incapacidad de cualquier criatura para descubrir por sí misma el significado último de los acontecimientos humanos.
El número siete simboliza plenitud y totalidad. San Agustín relaciona este número con la universalidad y la perfección: «siete veces» significa, en determinados contextos bíblicos, alabanza continua y totalidad del tiempo.,
El Cordero degollado y vivo
Juan llora porque nadie parece digno de abrir el rollo. Entonces uno de los ancianos le anuncia que el León de la tribu de Judá ha vencido. Sin embargo, Juan no contempla un león, sino un Cordero «como degollado», que permanece en pie ante el trono.
Esta imagen concentra el núcleo de la fe cristiana: Jesucristo vence mediante su sacrificio redentor y su resurrección. Su aparente debilidad manifiesta la verdadera fuerza de Dios. El Cordero está herido, pero vive; ha sido sacrificado, pero reina. El papa Benedicto XVI explicó que el Cordero muerto y resucitado posee la historia del mundo en sus manos y que su victoria permite a los cristianos no temer a los poderes persecutorios.
El Cordero es el único digno de tomar el rollo y abrir sus sellos porque ha redimido a la humanidad con su sangre. Cristo no contempla la historia desde fuera: la interpreta y la lleva a su cumplimiento mediante su Pascua. El papa Juan Pablo II enseñó que Cristo es «el gran intérprete y Señor de la historia», porque revela el designio divino que actúa en ella.
La liturgia celeste de Apocalipsis 4-5 prepara, por tanto, la lectura de los sellos. La apertura no constituye un acto de curiosidad sobre el futuro, sino una acción litúrgica y real del Cordero. La Iglesia contempla en la liturgia terrena una participación anticipada en esa adoración celestial; el Catecismo, citado por Juan Pablo II, enseña que la liturgia cristiana participa en la liturgia eterna mediante los sacramentos.