En el Evangelio de san Juan, Jesús realiza obras extraordinarias con una intención propia: Juan presenta estos hechos como «signos» para subrayar su sentido más profundo y su alcance cristológico. El cuarto Evangelio no organiza el mensaje alrededor de la predicación genérica del reino, sino alrededor de la persona de Jesús; por eso cada signo transporta un mensaje acerca de Cristo.1
La Comisión Bíblica Pontificia explica la finalidad de los signos con una formulación luminosa: el evangelista identifica el comienzo de los signos en Caná y afirma que Jesús manifiesta su gloria y despierta la fe. La lógica interna de los signos busca revelar esa gloria -procedente de Dios- y conducir a la fe en Jesús.2
«La finalidad y el sentido de los signos consiste en revelar la gloria de Jesús... y en conducir a la fe en Jesús.»2
Esta perspectiva cambia la lectura de los milagros: Juan no escribe para entretener con hechos extraordinarios, sino para que el lector reconozca en ellos el misterio de Cristo.

