La noción de los tres estadios de la fe hunde sus raíces en la Patrística, particularmente en los escritos de autores como Clemente de Alejandría, quien distinguía etapas en el avance espiritual del cristiano. Este esquema se consolidó en la Edad Media a través de la teología ascética y mística, influenciando a figuras como San Bernardo de Claraval y San Buenaventura. Posteriormente, los grandes doctores de la Iglesia, como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, lo desarrollaron en profundidad, vinculándolo a las tres vías espirituales: purgativa, iluminativa y unitiva.
Este modelo no es un invento moderno, sino una síntesis de la experiencia cristiana primitiva, donde la fe se concibe como un itinerario vivo que transforma al creyente desde la conversión hasta la santidad.
Influencia patrística y el «progreso intrínseco»
En la tradición antigua, se hablaba de un primer estadio como el paso del paganismo al cristianismo, es decir, la adhesión inicial a la fe revelada. El segundo estadio implicaba avanzar hacia la gnosis, un conocimiento más profundo conforme a la fe recibida.1 Este progreso intrínseco se ve impulsado por el amor divino, que «no es nunca satisfecho» y busca expresiones totales y completas, coherentes con sus principios.1 Tales ideas prefiguran los tres estadios, extendiendo el esquema a una tercera fase de perfección plena.
