En la Antigüedad, encender una lámpara después de la puesta del sol era un gesto cotidiano que reunía a la familia y marcaba el final del día. Los cristianos incorporaron ese momento a la oración comunitaria: al recibir la luz, daban gracias por la luz visible y por la luz espiritual que procede de Dios. La llama representaba a Cristo, «el Sol que no conoce ocaso», y evocaba su presencia en medio de la oscuridad.1
Juan Pablo II resumió el sentido cristiano del rito al describirlo como el encendido ritual de la lámpara, cuya llama simboliza a Cristo. La oración vespertina vinculó así la luz de la creación con la luz de la redención: al terminar el día, la comunidad alababa a Dios por sus dones y pedía que la luz de Cristo la guiara.1
«En la oscuridad de la noche, Dios ilumina con el resplandor de su presencia y de sus enseñanzas».1
Este simbolismo no se limita a la imagen de una llama que hace retroceder la oscuridad. La luz representa también la vida recibida de Cristo, la esperanza de la resurrección y la comunión de quienes se reúnen para orar. Por eso, el encendido de las lámparas podía acompañarse de un himno, salmos, incienso y oraciones.2,3
