La Iglesia Católica enseña que la vida del hombre es una constante batalla contra las fuerzas del mal3. Esta lucha se remonta al inicio del mundo y continuará hasta el final2,3. El Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et Spes, advirtió sobre la actividad de Satanás y los demonios, recordando la exhortación de San Pablo a «revestirse de la armadura de Dios para poder resistir las insidias del diablo»2.
El diablo, también conocido como Satanás, la serpiente antigua, el dragón, el adversario, el homicida desde el principio, el Tentador, el mentiroso y padre de la mentira, y el príncipe de este mundo, es un ángel caído que libre y definitivamente rechazó a Dios y su plan5,6,7. Su poder, aunque grande por ser un espíritu puro, no es infinito; es una criatura y no puede impedir la construcción del Reino de Dios8. A pesar de que su acción puede causar graves daños espirituales y, en ocasiones, físicos, está permitida por la divina providencia, que con fuerza y dulzura guía la historia humana y cósmica8.
Jesús mismo, al comienzo de su ministerio, fue tentado por Satanás en el desierto9,10. Sus exorcismos son una manifestación de la derrota del reino de Satanás y una anticipación de su gran victoria sobre «el príncipe de este mundo»11. La prueba más contundente de la existencia de Satanás, según el Papa Francisco, no se encuentra en los pecadores o poseídos, sino en la vida de los santos, donde el diablo se ve forzado a manifestarse a la luz12.
