Martín Lutero (1483-1546) enseñó en Wittenberg, donde en 1517 dio a conocer sus tesis sobre las indulgencias. La controversia que siguió excedió pronto la discusión sobre esa práctica y alcanzó cuestiones de mayor calado: la autoridad del papa y de la tradición eclesial, la interpretación de la Escritura, la naturaleza de la justificación y el sentido de los sacramentos. Lutero y sus seguidores defendieron una reforma doctrinal y eclesial que terminó por romper la comunión con Roma.1,2
La palabra «luterano» comenzó a utilizarse en el entorno de la disputa de Leipzig de 1519, primero como denominación empleada por los adversarios de Lutero. Él prefería llamar «evangélica» a la corriente que impulsaba; con el tiempo, luterano pasó a designar tanto su tradición doctrinal como las Iglesias que la heredaron.3
La dieta de Augsburgo de 1530 fue un momento decisivo. Allí, ante el emperador Carlos V, los príncipes y teólogos vinculados a la Reforma presentaron una exposición de su fe con la intención de defender sus posiciones y procurar una solución a la división religiosa. Felipe Melanchthon redactó la Confesión de Augsburgo; Lutero, que no asistió a la dieta, aprobó su contenido.4,2
Durante las décadas siguientes aparecieron nuevas confesiones y catecismos. En 1580, varios documentos confesionales quedaron reunidos en el Libro de Concordia, que contiene, entre otros textos, la Confesión de Augsburgo, su Apología, los catecismos de Lutero, los Artículos de Esmalcalda y la Fórmula de Concordia. Las Iglesias luteranas no coinciden siempre en la forma de reconocer y aplicar todos estos escritos, pero el conjunto ha marcado profundamente la tradición confesional luterana.3


