El título Madre de la Luz tiene sus raíces en las primeras expresiones de la piedad popular cristiana, particularmente en las litanías lauretanas y otras invocaciones devocionales. Una de las testimonios más antiguos se encuentra en un manuscrito proveniente de Aquileia, datado en la antigüedad cristiana y custodiado en la Biblioteca Nacional de París (Bibl. Nat. Lat. 2882). En este documento, el pueblo cristiano invocaba a María Santísima como Madre della Luce (en italiano, equivalente a «Madre de la Luz»), junto con otros epítetos como «Madre del verdadero gozo» y «nuestra vía hacia Dios»1. Esta referencia subraya cómo, desde los primeros siglos, la devoción mariana asociaba a la Virgen con la luz como símbolo de verdad y amor divino, respondiendo a las necesidades espirituales de una humanidad anhelante de iluminación.
En el contexto hispano y latinoamericano, este título ha evolucionado a través de influencias litúrgicas y culturales, aunque no se asocia a un santuario único como otras advocaciones (por ejemplo, Nuestra Señora de la Alborada en Ecuador). Su uso se extiende en oraciones y himnos donde María es vista como la «puerta por la que vino al mundo la luz», según expresiones litúrgicas tradicionales2. La tradición patrística y medieval reforzó esta idea, inspirada en pasajes bíblicos como el de Simeón en el Templo, quien profesa a Jesús como «luz para iluminar a las gentes» (Lc 2,32), con María como mediadora de esa luz.

