La palabra magisterio designa la autoridad de enseñar en la Iglesia en materias de fe y moral. El adjetivo ordinario alude al ejercicio habitual y continuado de esa función, en contraste con intervenciones solemnes o excepcionales, como las definiciones dogmáticas. No significa que cualquier declaración de un obispo o del papa tenga idéntico rango o autoridad: cuentan el sujeto que enseña, la intención de la enseñanza, su contenido y la forma en que se propone.4
La expresión puede emplearse con dos sentidos relacionados, pero distintos. En uno, designa las enseñanzas ordinarias no definitivas del papa o de los obispos, a las que corresponde una respuesta proporcionada de los fieles. En otro, forma parte de la expresión magisterio ordinario y universal, que puede enseñar infaliblemente cuando los obispos, unidos entre sí y con el sucesor de Pedro, concuerdan en proponer una doctrina como definitiva. La distinción evita identificar «ordinario» con «no infalible».2,3
