El Magisterio es un elemento constitutivo de la Iglesia, con la función de guiarla y conservarla en la verdad1. Su origen se encuentra en la promesa de Cristo a sus apóstoles de asistirlos «siempre, hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,20) y en el envío del «Espíritu de verdad» (Jn 16,13) para enseñarles todo y recordarles lo que Jesús les había dicho2. Desde los primeros siglos, la Iglesia reconoció en los apóstoles y sus sucesores la autoridad para resolver cuestiones de doctrina y disciplina, como se evidencia en el Concilio de Jerusalén (Hch 15) y en la importancia de la «sucesión apostólica» como criterio de la verdadera doctrina de Cristo1.
La Iglesia, descrita como «columna y baluarte de la verdad» (1 Tm 3,15), es el lugar de la verdad salvífica. Esta verdad no es una conservación fosilizada de la predicación de Jesús, sino una presencia viva que se actualiza por obra del Espíritu Santo. A lo largo de la historia, surgen tensiones y nuevas preguntas que pueden requerir decisiones doctrinales definitivas, un «Sí» o «No» vinculante, como fue el caso del Concilio de Nicea en el año 325, que definió a Jesús como «consustancial con el Padre»1,3.
El Magisterio es una institución positivamente querida por Cristo como elemento constitutivo de su Iglesia, al servicio de la Palabra de Dios. Su función no es extrínseca a la verdad cristiana ni está por encima de la fe, sino que surge directamente de la economía de la fe misma4.
