El mal físico engloba todas aquellas realidades que causan dolor o privación en la existencia humana y creada, como las dolencias corporales, la muerte, las catástrofes naturales o el deterioro de la naturaleza. En la tradición católica, no se considera un mal absoluto, sino una carencia de bien debido a la finitud de la creación o a las secuelas del pecado original.4,3
Según la filosofía teológica, el mal físico es inseparable de la condición humana: los seres corpóreos experimentan sensaciones que generan placer y dolor para sobrevivir en el mundo material. Abolir el dolor implicaría eliminar la sensibilidad y, con ella, el placer físico, lo que contradice la bondad de la creación.4 Santo Tomás de Aquino, en línea con Agustín y Gregorio Magno, lo enmarca en una teodicea donde Dios permite el mal físico por razones moralmente suficientes, como el bien mayor de la unión con Él.5
«No hay mortal que pueda exterminar todo dolor de la existencia humana. Cualquier intento de hacerlo está condenado a aumentar el sufrimiento.»4
Este concepto subraya que el mal físico no es punitivo en sí mismo para cada individuo, sino parte del misterio del hombre revelado plenamente en Jesucristo.2
