En la doctrina católica, el mal no se considera una naturaleza o esencia propia2. Santo Tomás de Aquino, siguiendo a San Agustín, explica que el mal es una privación, es decir, la carencia de un bien que, por naturaleza, debería poseer una criatura1,2. Por ejemplo, la ceguera es un mal porque es la ausencia de la vista en un ser que naturalmente debería ver. Esta perspectiva implica que no existe un «sumo mal» que se oponga al «sumo bien» que es Dios, ya que el mal no es una realidad objetiva en sí misma, sino una concepción subjetiva que surge de la relación de las cosas con otras cosas o personas1.
Todo lo que existe, en la medida en que es un ser, es bueno, porque todo ser proviene de Dios, quien es la bondad perfecta2. Por lo tanto, el mal no puede ser un efecto de la bondad divina2. La creación entera, tal como fue hecha por Dios, es inherentemente buena2. Incluso los defectos ontológicos inherentes a la finitud de las criaturas no son males morales, sino limitaciones propias de la existencia creada, que imita de manera deficiente el bien divino7.
