En el lenguaje católico clásico, «mandamientos» designa preceptos que expresan una obligación moral. La Iglesia recibe de Cristo una misión docente y de gobierno; por eso cuenta con autoridad para dictar normas obligatorias para los fieles, orientadas a custodiar la vida cristiana y a ordenar su práctica eclesial.
Los mandamientos de la Iglesia pertenecen al orden de las leyes eclesiásticas: nacen de la potestad de la Iglesia y se aplican a la vida del Pueblo de Dios. La Iglesia los promulga para garantizar un marco estable de vida cristiana, especialmente en lo que toca a la liturgia, la conversión sacramental y la dimensión comunitaria de la fe.1


