El mantel cubre la mensa, es decir, la superficie horizontal del altar. No constituye un adorno independiente: forma parte del ajuar litúrgico dispuesto para la celebración y manifiesta el carácter sagrado del lugar donde se presentan el pan y el vino eucarísticos. La Iglesia vincula su uso a la reverencia debida al memorial del Señor y al banquete sacramental.1,2
La blancura del mantel principal pertenece a la disciplina litúrgica romana actual: la Ordenación General del Misal Romano establece que haya al menos un paño blanco y pide que sus dimensiones y ornato resulten adecuados al altar. En las diócesis de Estados Unidos, la misma norma permite que otros paños colocados bajo el superior adopten determinados colores de uso local; el mantel que cubre directamente la mesa, sin embargo, ha de continuar siendo blanco.1
La tradición cristiana relaciona el lino con la limpieza y con el sudario funerario de Cristo. Tomás de Aquino explica que el lino resulta apropiado para el paño litúrgico porque recuerda la sepultura de Jesús en una sábana limpia y, por su blancura, representa la pureza de conciencia; también asocia el trabajo necesario para prepararlo con la Pasión. Esta interpretación aporta una clave espiritual de la tradición, aunque no sustituye las normas litúrgicas actuales.3
