La Anunciación
El fundamento principal del título aparece en el relato de la Anunciación:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35).
La respuesta del ángel une tres elementos inseparables: la iniciativa del Padre, la acción del Espíritu Santo y la concepción humana del Hijo eterno en el seno virginal de María. La concepción de Jesús no procede de una intervención humana, sino de la acción creadora y santificadora de Dios. El Evangelio atribuye esta acción de modo particular al Espíritu Santo, aunque toda obra exterior de Dios pertenece a la única acción de la Trinidad.,
La expresión «cubrir con su sombra» evoca la presencia de Dios que acompañaba al pueblo de Israel y llenaba la Tienda del Encuentro. En María, la presencia divina alcanza una intensidad nueva: su seno se convierte en el lugar donde el Verbo se hace carne. La imagen no describe una relación física entre María y el Espíritu Santo, sino la acción soberana de Dios, que consagra a la Virgen y realiza en ella el misterio de la Encarnación.
El relato lucano presenta además a María como una mujer que escucha, pregunta, discierne y responde. Su consentimiento -«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38)- manifiesta una cooperación consciente y libre. La gracia no anula la libertad de María; al contrario, la lleva a su plena realización. La tradición teológica contempla en este consentimiento la respuesta de la humanidad al ofrecimiento de Dios.
La concepción virginal
Mateo también enseña que María concibió a Jesús por obra del Espíritu Santo:
«Antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo» (Mt 1,18).
La concepción virginal pertenece al núcleo de la fe cristiana y aparece en los antiguos símbolos de la fe mediante la fórmula: «encarnado por obra del Espíritu Santo y nacido de María Virgen». La Iglesia no entiende la virginidad de María como un simple signo de pureza moral, sino como un signo de la iniciativa absoluta de Dios en la venida del Salvador.
El nacimiento virginal manifiesta también que Jesús no es una criatura extraordinaria adoptada posteriormente por Dios. Él es el Hijo eterno del Padre, que asume verdaderamente una naturaleza humana en el seno de María. El Espíritu Santo realiza esta concepción milagrosa sin sustituir la humanidad de María ni convertirla en un instrumento pasivo. María concibe, gesta y da a luz verdaderamente al Hijo de Dios hecho hombre.
María y la nueva creación
La acción del Espíritu Santo en la concepción de Jesús guarda relación con el lenguaje bíblico de la creación. El nacimiento del Mesías inaugura una humanidad nueva, vinculada a Cristo como nuevo Adán. La acción del Espíritu en María no constituye un episodio aislado, sino el comienzo de la renovación de toda la creación en Jesucristo.
Esta perspectiva permite comprender el sentido profundo de la maternidad virginal. Dios no repite simplemente el origen del mundo, sino que inicia en Cristo una nueva creación, orientada a la filiación divina y a la participación en la vida trinitaria. María ocupa el lugar de la mujer nueva que recibe al nuevo Adán y coopera con él en el comienzo de la redención.