Primeros años y vocación
María Rosa nació en Reus, Cataluña, el 30 de marzo de 1815, en la noche que la tradición cristiana asocia con la pasión de Cristo. Su confesor interpretó esta coincidencia como señal de los dones que Dios le confería: «el mayor amor de los amores y la más cruel desolación de Jesús»1. Desde su Primera Comunión manifestó una profunda experiencia mística, percibiendo la dulzura de la presencia divina y describiendo a Dios como su «Sposo dulce»1.
Vida religiosa y obra caritativa
En enero de 1841 ingresó en la Corporación de las Hermanas de la Caridad de Reus, donde se dedicó al servicio de los enfermos y los necesitados. Durante el asedio de la ciudad el 11 junio 1844, cruzó la línea de fuego con otras dos consorellas para implorar la paz al general enemigo, obteniendo la cesación de los combates1. Su caridad se manifestó también en la defensa de los derechos de los más pobres y en la organización de un lazareto durante una epidemia, a pesar de las persecuciones y calumnias que sufrió por parte de autoridades civiles1.
Experiencias místicas
Desde la infancia, María Rosa vivió intensas desolaciones y momentos de «silencio de Dios», en los que sentía la ausencia del Esposo divino y, al mismo tiempo, la dulzura de su presencia. Estas experiencias la condujeron a una vida de humildad, abnegación y búsqueda incansable de la gloria de Dios, expresada en su famoso lema: «Todo por la gloria de Dios. Todo por el bien de los hermanos. Nada por nosotros”1. Su espiritualidad se centró en la contemplación del Cristo crucificado, encontrando consuelo en la cruz y ofreciendo su propio sufrimiento como unión con el de Jesús2.

