La Iglesia Católica ha definido cuatro dogmas sobre María, que iluminan su relación única con Cristo y su lugar en el plan de salvación. Estos no la divinizan, sino que resaltan la gracia abundante que Dios le concedió.
Inmaculada Concepción
Proclamado por el papa Pío IX en la bula Ineffabilis Deus (8 de diciembre de 1854), este dogma afirma que María, por singular privilegio de Dios y en previsión de los méritos de Jesucristo, fue preservada inmune de toda mancha de pecado original desde el primer instante de su concepción. No se trata de una concepción virginal —que es propia de Jesús—, sino de la santificación inmediata de su alma al crearse e infundirse en el cuerpo, excluyendo el pecado original que afecta a toda la humanidad descendiente de Adán.
Esta verdad, arraigada en la Escritura (Génesis 3:15 y Lucas 1:28, «llena de gracia») y la tradición oriental, resuelve objeciones agustinianas sobre la universalidad del pecado, introduciendo el concepto de redención preservativa propuesto por el beato Duns Escoto: María fue redimida de manera anticipada y más perfecta, no liberada del pecado, sino preservada de contraerlo. El dogma no abarca explícitamente la inmunidad a la concupiscencia o pecados personales, aunque la tradición posterior lo amplía a su santidad plena a lo largo de la vida.
Perpetua virginidad
Desde los primeros siglos, la Iglesia enseña que María permaneció virgen antes, en y después del parto, un misterio que subraya la integridad de su consagración a Dios. El Lateranense (649) y el Concilio de Constantinopla III lo confirman, rechazando interpretaciones que cuestionen su virginidad post-parto. Esta doctrina, sostenida por santos como San Jerónimo, defiende la naturaleza divina de Cristo, nacido de una virgen sin menoscabo de su humanidad.
Maternidad divina
Definido en Éfeso contra el nestorianismo, este dogma proclama a María Theotokos, Madre de Dios, ya que dio a luz a la persona divina de Cristo, uniendo sus dos naturalezas en una sola hipóstasis. Es el fundamento de todos los demás privilegios marianos, vinculándola eternamente al misterio de la Encarnación.
Asunción al Cielo
El papa Pío XII, en Munificentissimus Deus (1 de noviembre de 1950), definió que María, al término de su vida terrena, fue asumida en cuerpo y alma a la gloria celestial. Esta verdad, creída desde la antigüedad y confirmada por el consenso de la Iglesia, no precisa si murió o no —la tradición mayoritaria afirma que sí, participando en la pasión de Cristo—, pero excluye la corrupción del sepulcro para el Arca de la Alianza nueva. Como coronación de sus privilegios, la Asunción la conforma plenamente a su Hijo resucitado, prefigurando la resurrección de los fieles y la renovación del cosmos.