La Anunciación
El relato de la Anunciación constituye el centro de la presentación lucana de María. Gabriel anuncia que el Espíritu Santo vendrá sobre ella y que el niño concebido será santo y recibirá el nombre de Hijo de Dios. María pregunta cómo ocurrirá el acontecimiento, no por incredulidad, sino para comprender el modo en que Dios cumplirá su promesa. Después responde:
«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
El fiat-término latino que significa «hágase»- expresa la obediencia libre de María. Dios concede la gracia, pero no anula la libertad humana. María participa personalmente en el misterio de la Encarnación mediante la fe y el consentimiento. La maternidad divina no constituye únicamente un acontecimiento biológico: implica una respuesta consciente de fe a la iniciativa de Dios.
La tradición teológica ha relacionado la obediencia de María con la desobediencia de Eva. Eva aparece como figura de la humanidad que rechaza la palabra divina, mientras que María representa a la mujer que acoge la voluntad de Dios. Esta comparación, desarrollada especialmente por los Padres de la Iglesia, no presenta a María como una salvadora independiente, sino como la criatura que coopera humildemente con la obra salvadora de Dios.
La Visitación y el Magníficat
Después de la Anunciación, María visita a su pariente Isabel. La escena muestra a María como portadora de Cristo y como mujer dedicada al servicio. Al escuchar su saludo, el hijo de Isabel, Juan el Bautista, salta de alegría en el seno materno. Isabel, llena del Espíritu Santo, proclama:
«Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre».
Isabel también llama a María «la madre de mi Señor». Esta expresión anticipa el título cristológico de Madre de Dios, porque el hijo de María es una única persona: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.
María responde con el Magníficat, el cántico que comienza con las palabras «Proclama mi alma la grandeza del Señor». El himno atribuye toda la grandeza de María a la acción misericordiosa de Dios. María reconoce su pequeñez, proclama la santidad divina y anuncia que Dios derriba la soberbia, eleva a los humildes y colma de bienes a los hambrientos.
El Magníficat posee una dimensión personal, bíblica y social. María habla como mujer humilde favorecida por Dios, como hija de Israel que recuerda las promesas hechas a Abrahán y como profetisa que proclama la inversión de los criterios humanos de poder y riqueza. Su canto no glorifica la autosuficiencia humana: proclama la misericordia de Dios, que actúa en favor de los pequeños.
El nacimiento de Jesús
Los relatos de la infancia presentan a María como madre del Mesías y como mujer unida al destino de su Hijo. Ella da a luz a Jesús, lo envuelve y lo presenta a los pastores y a quienes acuden a contemplarlo. La maternidad de María pertenece al núcleo de la fe en la Encarnación: el Hijo eterno del Padre asumió una verdadera naturaleza humana en su seno.
La maternidad divina no significa que María haya originado la divinidad del Verbo. El Hijo es eternamente engendrado por el Padre y posee con él una misma naturaleza divina. María es madre de Jesucristo según su humanidad, pero Jesucristo no está dividido en dos personas. Por este motivo, la Iglesia llama a María Madre de Dios: ella engendró según la carne a la única persona del Hijo encarnado.
María en la vida oculta de Jesús
Los Evangelios ofrecen pocos detalles sobre los años de Jesús en Nazaret. Presentan a María como madre que conserva y medita los acontecimientos relacionados con su Hijo. Esta actitud de memoria creyente posee relevancia teológica: María no recibe los acontecimientos de forma superficial, sino que los guarda y los interpreta a la luz de la acción de Dios.
El Evangelio según san Lucas muestra además que María pertenece plenamente al pueblo de Israel. Su cántico recuerda la alianza con Abrahán y las promesas dirigidas a los antepasados. La maternidad de María no rompe la historia bíblica, sino que constituye su cumplimiento en el nacimiento del Mesías.
Las bodas de Caná
El Evangelio según san Juan presenta a la madre de Jesús en las bodas de Caná. María advierte que falta vino y comunica la necesidad a Jesús: «No tienen vino». Después dirige a los servidores una frase decisiva:
«Haced lo que él os diga».
El episodio sitúa a María en relación con la «hora» de Cristo, es decir, con el misterio de su Pasión, muerte, Resurrección y glorificación. El signo de Caná revela la gloria de Jesús y conduce a los discípulos a la fe. La intervención de María no sustituye a Cristo ni produce el milagro por poder propio; orienta hacia él y pide una respuesta obediente a su palabra.
El lenguaje joánico de «la mujer» conecta Caná con la escena del Calvario. La figura de María aparece vinculada al comienzo de la misión pública de Jesús y al cumplimiento de su hora.
María junto a la cruz
El cuarto Evangelio sitúa a María junto a la cruz de Jesús. Aunque el texto disponible no reproduce el pasaje, la tradición joánica interpreta su presencia como una participación materna en el cumplimiento de la misión del Hijo. La mujer de Caná reaparece junto a la cruz, cuando Jesús lleva a término su hora.
La tradición católica contempla en este momento el nacimiento de una maternidad espiritual. María recibe una relación maternal con el discípulo amado, figura de los discípulos de Cristo. Esta maternidad no compite con la mediación única de Jesús; depende completamente de ella y la manifiesta en el orden de la gracia.
María y la comunidad apostólica
La tradición apostólica presenta a María unida a los discípulos en la espera del Espíritu Santo. Su presencia expresa continuidad entre la Encarnación y el nacimiento de la Iglesia. María no ocupa el lugar de los apóstoles ni ejerce el ministerio apostólico, pero permanece como la creyente que acompaña a la comunidad y acoge la acción del Espíritu.