La veneración a la Virgen María tiene sus raíces en los primeros siglos del cristianismo, aunque su expresión formal y dogmática se desarrolló con el tiempo. Inicialmente, la doctrina de la Comunión de los Santos sentó las bases para invocar a los mártires y, posteriormente, a la Madre de Cristo1.
Los Evangelios de Lucas y Mateo ya atestiguan la creencia en el nacimiento virginal de Jesús antes del año 100 d.C.2. Sin embargo, el reconocimiento eclesiástico público del lugar de María en la economía de la gracia se reservó hasta que se clarificó la divinidad de Jesús2. Este momento crucial llegó en el siglo V, cuando el Concilio de Éfeso en 431 d.C. afirmó la apropiación del título Theotokos (Madre de Dios o Portadora de Dios) para María, en oposición a Nestorio2,3. Esta decisión impulsó un notable crecimiento en la devoción del Pueblo de Dios hacia María, manifestado en veneración, amor, invocación e imitación3.
Desde el siglo V, las fiestas litúrgicas marianas comenzaron a adquirir importancia, como «el día de María Theotókos» celebrado el 15 de agosto en Jerusalén, que más tarde se convertiría en la fiesta de la Dormición o Asunción3. La iconografía mariana también se hizo más frecuente en las catacumbas romanas desde el siglo II al IV, y en mosaicos y otras obras de arte1,4.
Durante la Edad Media, la devoción mariana se integró aún más en la vida de la Iglesia, dando lugar a una multitud de prácticas devocionales organizadas1. La oración del Ave María, en su forma inicial, que incluía solo las palabras escriturales, comenzó a usarse antes del año 1200 d.C. y su forma actual se estandarizó en el siglo XV4.
