La Revolución francesa provocó una profunda transformación política, social y religiosa. Las comunidades religiosas afrontaron la supresión de sus instituciones, la confiscación de sus bienes y la obligación de abandonar la vida conventual. El Carmelo de Compiègne intentó mantener, dentro de lo posible, la observancia de su regla hasta que sus miembros fueron detenidas, encarceladas y trasladadas a París.1
Las autoridades revolucionarias exigían a numerosos ciudadanos, incluidos los religiosos, juramentos de adhesión a los principios políticos de libertad e igualdad. Las carmelitas rechazaron prestar un juramento que consideraban incompatible con su conciencia religiosa. El rechazo no constituyó una rebelión armada ni una conspiración política: expresó su decisión de permanecer fieles a sus votos y a la disciplina de la Iglesia.




