Una Iglesia nacida de la iniciativa de los laicos
El cristianismo llegó a Corea a través de libros procedentes de China. Los primeros interesados fueron estudiosos coreanos que buscaban la verdad religiosa y que, mediante la lectura, llegaron al conocimiento de Jesucristo. En 1784, uno de ellos viajó a Pekín, donde recibió el bautismo. A su regreso contribuyó al nacimiento de la primera comunidad cristiana coreana.1
La Iglesia coreana posee un rasgo excepcional en la historia del catolicismo: su primera comunidad fue fundada enteramente por laicos. Durante sus primeras décadas, los cristianos contaron con una asistencia sacerdotal muy limitada, pero mantuvieron la vida de fe mediante la oración, la fraternidad, la instrucción catequética y la unión con el obispo de Pekín y con el papa.1,3
Aquella comunidad no quedó restringida a una clase social. Sus miembros pertenecían a grupos diversos y fomentaban la igualdad entre los bautizados, además de promover vocaciones y la llegada de sacerdotes. Tras años de petición, los primeros misioneros franceses llegaron a Corea en 1836. Algunos de ellos sufrirían también el martirio.1
La expansión de la fe
La difusión del catolicismo tuvo lugar principalmente mediante familias, catequistas y pequeños grupos de fieles. Los laicos transmitían la doctrina, preparaban a los catecúmenos y conservaban la vida comunitaria en un contexto de vigilancia y persecución.
Esta forma de nacimiento otorgó a la Iglesia coreana una fuerte conciencia de responsabilidad bautismal. Los cristianos no dependían solo de la presencia de sacerdotes extranjeros: sostenían la comunidad mediante la enseñanza de la fe, la oración y la ayuda mutua. El testimonio posterior de los mártires mostró la profundidad de aquella formación cristiana.1,4


