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Mártires de Nagasaki

Los Mártires de Nagasaki fueron los cristianos que entregaron su vida por la fe católica en Japón, especialmente durante las persecuciones iniciadas a finales del siglo XVI y desarrolladas con mayor intensidad durante el período de los shogunes Tokugawa. La expresión designa particularmente a los veintiséis santos crucificados en Nagasaki el 5 de febrero de 1597, aunque también abarca a los numerosos misioneros, sacerdotes, religiosos y laicos japoneses que sufrieron el martirio en las décadas siguientes.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreMártires de Nagasaki
CategoríaEvento
DescripciónCristianos que entregaron su vida por la fe católica en Japón durante las persecuciones de finales del siglo XVI y el período de los shogunes Tokugawa
Eventos RelacionadosCrucifixión en Nishizaka
Fecha de Celebración6 de febrero
Fecha de Inicio1597-02-05
Importancia HistóricaTestimonio supremo de la fidelidad a Jesucristo y arraigo del cristianismo en Japón frente a la persecución y la clandestinidad.
Órdenes ReligiosasCompañía de Jesús, Franciscanos, Orden de Predicadores
PaísJapón
Personas RelacionadasSan Pedro Bautista, San Pablo Miki, San Lorenzo Ruiz, Santo Domingo Ibáñez de Erquicia, Papa Urbano VIII, Papa Pío IX, Papa Juan Pablo II
TipoPersecución
Ubicación
  • Nagasaki
  • Colina de Nishizaka, Nagasaki

Tabla de contenido

Nagasaki y los comienzos del cristianismo en Japón

Nagasaki está situada en la isla de Kyūshū, al sudoeste del archipiélago japonés. Antes de la llegada de los misioneros cristianos era una población de importancia reducida, pero su puerto favoreció pronto el comercio con portugueses y otros europeos. La ciudad creció rápidamente desde la llegada de los comerciantes extranjeros y llegó a convertirse en uno de los principales centros del cristianismo japonés.1

Los jesuitas comenzaron su actividad en la zona de Nagasaki en el siglo XVI. En 1569, el padre jesuita Vilela levantó una iglesia sobre el lugar que anteriormente ocupaba una pagoda. En 1571, la misión ya había logrado alrededor de mil quinientas conversiones. Durante los años siguientes surgieron iglesias y capillas, y la comunidad cristiana adquirió una presencia notable en la ciudad y sus alrededores.1

La expansión cristiana coincidió con la apertura comercial de Nagasaki a los portugueses. La ciudad se convirtió en un punto de encuentro entre Japón y las misiones católicas procedentes de Europa y Filipinas. La relación entre evangelización, comercio y rivalidades políticas influyó en la evolución de la política japonesa hacia el cristianismo.1,2

El origen de las persecuciones

En 1587, Toyotomi Hideyoshi promulgó un decreto contra la religión cristiana y ordenó la salida de los jesuitas de Japón. Aunque durante un tiempo moderó la aplicación de sus propias disposiciones, la situación empeoró progresivamente. El incidente del galeón español San Felipe, encallado en 1596, contribuyó a intensificar la desconfianza de las autoridades japonesas hacia los misioneros.1,2

El capitán del barco habló de la importancia del poder del rey de España y presentó la actividad misionera como una posible preparación para la conquista del país. Las autoridades interpretaron aquellas palabras como una amenaza política. Hideyoshi ordenó entonces la detención de varios misioneros y cristianos.2

La persecución no obedeció a una única causa. En ella influyeron el temor a la intervención extranjera, la rivalidad entre potencias europeas, la competencia entre órdenes religiosas y la oposición de sectores religiosos y políticos japoneses al crecimiento del cristianismo.3

Los veintiséis mártires de 1597

Arresto y traslado a Nagasaki

El grupo de los primeros mártires estaba formado por seis franciscanos, tres jesuitas japoneses y diecisiete cristianos japoneses vinculados a la Tercera Orden Franciscana. Las autoridades los condujeron desde Miyako y Osaka hasta Nagasaki, en un recorrido destinado también a intimidar a las comunidades cristianas.3,2

Durante el trayecto, los prisioneros sufrieron la amputación parcial de una oreja como señal de castigo y escarnio. Después caminaron hasta Nagasaki, donde fueron llevados a la colina de Nishizaka, lugar destinado a las ejecuciones. La colina recibió más tarde el nombre de Colina de los Mártires.4,5

La crucifixión en Nishizaka

El 5 de febrero de 1597, los veintiséis cristianos fueron crucificados en Nishizaka. La ejecución reprodujo, de manera particularmente visible, la forma de muerte de Jesucristo. Los mártires fueron atados o fijados a cruces y atravesados con lanzas. Entre ellos había dos muchachos de corta edad, uno de trece años y otro de doce.3

El grupo estaba compuesto por:

  • San Pedro Bautista, franciscano español y sacerdote.
  • San Martín de la Ascensión, franciscano español y sacerdote.
  • San Francisco Blanco, franciscano español y sacerdote.
  • San Felipe de Jesús, franciscano mexicano.
  • San Gonzalo García, franciscano de origen portugués e indio.
  • San Francisco de San Miguel, franciscano.
  • San Pablo Miki, jesuita japonés.
  • San Juan de Goto, jesuita japonés.
  • San Diego Kisai, jesuita japonés.
  • Diecisiete cristianos japoneses pertenecientes a la Tercera Orden Franciscana.

La Iglesia católica canonizó al grupo completo como san Pedro Bautista y sus veinticinco compañeros. El papa Urbano VIII los beatificó en 1627 y el papa Pío IX los canonizó el 8 de junio de 1862.2

San Pablo Miki y los compañeros japoneses

San Pablo Miki nació en Japón y perteneció a la Compañía de Jesús. Durante su apostolado destacó por su predicación y por su capacidad para anunciar el Evangelio dentro de la cultura japonesa. Desde la cruz, los mártires proclamaron su confianza en Cristo y perdonaron a quienes participaban en su ejecución.

La presencia de cristianos japoneses junto a los misioneros posee un significado especial. El martirio de 1597 no fue solo la muerte de religiosos extranjeros: también mostró la madurez de una Iglesia local formada por sacerdotes, catequistas, terciarios, familias y jóvenes japoneses. La persecución pretendía aislar la fe católica como una influencia extranjera, pero la composición del grupo manifestó que el cristianismo ya había arraigado en Japón.

La expansión del martirio

La ejecución de los veintiséis mártires no puso fin al cristianismo japonés. Por el contrario, su testimonio fortaleció a muchos fieles. Los misioneros describieron el valor y la alegría de los crucificados, así como la impresión que causó su actitud incluso entre quienes asistieron a la ejecución.3

Después de 1597 continuaron los martirios aislados. La persecución adquirió una dimensión mucho más amplia durante los gobiernos de Tokugawa Ieyasu, Hidetada e Iemitsu. La represión se prolongó durante décadas, con breves períodos de tolerancia, y afectó a sacerdotes, religiosos, catequistas y laicos.3

En 1622 tuvo lugar una de las oleadas más violentas. En Nagasaki, varios jesuitas, dominicos, franciscanos y laicos fueron ejecutados después de que otros cristianos fueran decapitados. La tradición martirial japonesa conservó los nombres y los lugares de ejecución de numerosos testigos de la fe.3

Los mártires dominicos del siglo XVII

Entre los mártires de Nagasaki figuran también numerosos miembros de la Orden de Predicadores. Algunos habían llegado desde Filipinas, donde habían recibido formación religiosa y teológica antes de entrar en Japón. Su actividad comprendía la predicación, la administración de los sacramentos, la catequesis y la atención clandestina a las comunidades cristianas.6

El papa Juan Pablo II presentó a estos religiosos como hombres de vida ejemplar, entregados al anuncio del Evangelio incluso con riesgo de la propia vida. Entre los mártires dominicos canonizados aparece san Guillermo Courtet, religioso francés que deseaba anunciar a Cristo en Japón y aceptó el riesgo del martirio como culminación de su vocación misionera.6

La persecución de 1633-1637 aplicó métodos particularmente crueles. Los prisioneros podían sufrir torturas prolongadas antes de morir. Algunos fueron suspendidos boca abajo sobre fosas, mientras otros padecieron tormentos destinados a quebrar su resistencia física y espiritual.7

Entre los mártires de este período destacó santo Domingo Ibáñez de Erquicia, dominico español nacido en Régil, en la diócesis de San Sebastián. Fue profesor de teología en el Colegio de Santo Tomás de Manila, misionero en Filipinas y vicario provincial en Japón durante diez años. Murió el 14 de agosto de 1633 junto con el catequista japonés san Francisco Shōemon.7

Lorenzo Ruiz y los mártires de Nagasaki

La memoria de Nagasaki incluye también a cristianos procedentes de otros territorios asiáticos. Entre ellos destaca san Lorenzo Ruiz, filipino y padre de familia, que murió mártir en Nagasaki. La Iglesia lo considera el primer santo canonizado de Filipinas. Juan Pablo II lo presentó junto a varios laicos japoneses como modelo de caridad y santidad cristiana.6

La participación de laicos japoneses y asiáticos manifiesta el carácter internacional de la Iglesia perseguida en Japón. Sacerdotes europeos, religiosos de distintas órdenes, cristianos japoneses y laicos procedentes de Filipinas compartieron la misma fidelidad al Evangelio.

Los cristianos clandestinos

La persecución obligó a muchos católicos japoneses a practicar la fe en secreto. Durante más de dos siglos, comunidades cristianas ocultas conservaron oraciones, devociones marianas, fórmulas bautismales y recuerdos de los mártires sin la presencia estable de sacerdotes. La memoria de los testigos de Nagasaki sostuvo la identidad religiosa de esas comunidades.

Juan Pablo II recordó en Nagasaki que los cristianos de generaciones posteriores conservaron clandestinamente la fe recibida de sus antepasados. También destacó la importancia del Evangelio y del rezo del Rosario en la transmisión de la tradición cristiana durante el tiempo de persecución.8

La supervivencia de aquellas comunidades constituye uno de los capítulos más singulares de la historia del cristianismo. La fe pasó de una generación a otra en condiciones de aislamiento, pobreza y peligro, vinculada a la memoria de los mártires y a la esperanza de recuperar algún día la libertad religiosa.

La Colina de los Mártires

Nishizaka, en Nagasaki, es conocida como la Colina de los Mártires. Allí murieron los veintiséis santos de 1597 y numerosos cristianos en las décadas posteriores. La Iglesia reconoce el lugar como un espacio privilegiado de memoria, peregrinación y oración.9,5

Juan Pablo II visitó la colina el 26 de febrero de 1981. Presentó Nagasaki como una tierra consagrada por el sufrimiento y la muerte de innumerables testigos del Evangelio. Para el pontífice, los veintiséis mártires fueron los primeros de una amplia multitud que entregó su vida por Cristo.9,5

La colina evoca el monte Calvario y las bienaventuranzas. La tradición cristiana de Nagasaki contempla en los mártires a discípulos que sufrieron por amor a la justicia, conservaron la mansedumbre y ofrecieron su vida en unión con la cruz de Cristo.4

Reconocimiento de los mártires

La Iglesia reconoció progresivamente a los mártires japoneses mediante beatificaciones y canonizaciones. El grupo de los veintiséis fue beatificado en 1627 y canonizado en 1862. Más tarde, otros grupos de mártires recibieron el reconocimiento oficial de la Iglesia.2

En 1987, Juan Pablo II canonizó a dieciséis mártires relacionados principalmente con la misión dominica en Japón. Entre ellos figuraban religiosos europeos, catequistas y cristianos japoneses. La canonización puso de relieve la diversidad de estados de vida presentes en la Iglesia perseguida: sacerdotes, religiosos y laicos.6

En 2008 fueron beatificados Pedro Kibe Kasui y sus 187 compañeros, todos ellos cristianos japoneses. La beatificación incorporó al catálogo de los beatos a 188 nuevos testigos de la fe y amplió el reconocimiento eclesial de la multitud de mártires japoneses.9

Significado cristiano del martirio

La Iglesia entiende el martirio como el testimonio supremo de la fidelidad a Jesucristo. El sufrimiento, considerado por sí mismo, no convierte a una persona en mártir; el elemento decisivo es la causa: la adhesión a Cristo y la aceptación de la muerte por la fe.9,6

El martirio cristiano tampoco equivale a una búsqueda voluntaria del sufrimiento. Los mártires de Nagasaki no murieron por desprecio a la vida, sino porque rechazaron renunciar a Cristo cuando las autoridades les exigieron abandonar la fe. Su testimonio unió fortaleza, esperanza y caridad, incluso hacia los perseguidores.9

La predicación de los mártires y su comportamiento ante la muerte fortalecieron a las comunidades cristianas. Su sacrificio mostró que la Iglesia japonesa no dependía solo de la presencia de misioneros extranjeros, sino que había generado discípulos capaces de vivir y morir por el Evangelio.

Memoria litúrgica y devoción

Los veintiséis mártires de Nagasaki reciben culto como santos de la Iglesia universal. Su memoria litúrgica se celebra el 6 de febrero, día posterior al aniversario de su martirio, que tuvo lugar el 5 de febrero de 1597.

La devoción a los mártires incluye la veneración de la cruz, la oración por la evangelización de Japón y la contemplación del testimonio de los laicos y religiosos que permanecieron fieles durante la persecución. Nagasaki continúa siendo un lugar de peregrinación para los católicos japoneses y para cristianos de numerosos países.

Importancia histórica y eclesial

Los Mártires de Nagasaki ocupan un lugar central en la historia de la evangelización de Japón. Su testimonio pertenece tanto a la historia de las misiones católicas como a la historia de la Iglesia japonesa, formada por comunidades locales que afrontaron la persecución con perseverancia.

La ciudad, que en el siglo XVI se convirtió en un centro de expansión cristiana, quedó también vinculada de manera inseparable a la sangre de sus mártires. La Colina de Nishizaka recuerda que la evangelización no consistió solo en la llegada de misioneros extranjeros: incluyó la conversión, la formación y la entrega de numerosos japoneses.

Para la Iglesia católica, los mártires de Nagasaki representan la fecundidad espiritual del testimonio cristiano. Su memoria proclama que la fe puede sobrevivir a la violencia, a la clandestinidad y a la ausencia de estructuras visibles cuando permanece arraigada en Cristo, en la oración y en la comunión de la Iglesia.

Citas y referencias

  1. Nagasaki, Enciclopedia Católica, Nagasaki (1913). 2 3 4
  2. San Pedro Bautista y veinticinco compañeros, Enciclopedia Católica, San Pedro Bautista y Veinticinco Compañeros (1913). 2 3 4 5 6
  3. Mártires japoneses, Enciclopedia Católica, Mártires Japoneses (1913). 2 3 4 5 6
  4. Papa Juan Pablo II. 26 de febrero de 1981: Conmemoración de los Mártires, Nagasaki, Japón - Homilía, 1 (1981). 2
  5. Papa Juan Pablo II. Visita al Cerro de los Mártires en Nagasaki (26 de febrero de 1981) - Discurso, 1 (1981). 2 3
  6. Papa Juan Pablo II. A los peregrinos que habían acudido para la canonización de dieciséis mártires de Nagasaki (19 de octubre de 1987) - Discurso, 1 (1987). 2 3 4 5
  7. Ciudad del Vaticano. Acta Apostolicae Sedis: Número 12, diciembre de 1980, 97. 2
  8. Papa Juan Pablo II. 26 de febrero de 1981: Conmemoración de los Mártires, Nagasaki, Japón - Homilía, 5 (1981).
  9. Dicasterio para las Causas de los Santos. 188 Mártires Japoneses: Homilía de beatificación (24 de noviembre de 2008), Homilía (2008). 2 3 4 5
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