La palabra mártir procede del griego mártys, «testigo». En los primeros escritos cristianos, el término podía designar a quien daba testimonio de Cristo, especialmente a los apóstoles, que habían conocido su vida y proclamaban su resurrección. Con el tiempo adquirió el sentido específico de quien mantiene ese testimonio hasta entregar la vida.1,2
El Catecismo de la Iglesia Católica define el martirio como el testimonio supremo de la verdad de la fe, llevado hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo muerto y resucitado, permanece unido a él por la caridad y afronta la muerte mediante un acto de fortaleza.3
La tradición teológica resume la distinción entre la violencia sufrida y el martirio con la expresión latina martyrum non facit poena, sed causa: no es el tormento por sí solo lo que hace a alguien mártir, sino la causa por la que muere. La muerte ha de estar vinculada al testimonio de la fe o a una virtud cristiana referida a Dios, y no solo a una desgracia, a una ejecución o a una persecución por motivos ajenos a la fe.4,5




