El término martirologio procede del griego martyr, «testigo». En su origen designaba una relación de mártires, pero con el tiempo pasó a incluir a todas las categorías de santos. La tradición cristiana vinculó desde los primeros siglos la memoria de los mártires con el aniversario de su muerte, entendido como su nacimiento para el cielo.1
El Martirologio Romano presenta una relación ordenada según los días del año. Cada entrada suele indicar:
- El nombre del santo o del grupo de santos.
- El lugar de su muerte, culto o actividad.
- Su condición eclesial, como mártir, obispo, presbítero, virgen, religioso o confesor.
- Una noticia breve sobre su testimonio cristiano.
- En algunos casos, las circunstancias de su martirio, exilio, predicación, penitencia o servicio a los pobres.
El libro no pretende ofrecer una biografía completa de cada persona. Su redacción busca condensar en pocas líneas el núcleo de una memoria litúrgica. Una entrada puede recordar tanto a una figura universalmente conocida como a un grupo de mártires cuyo nombre individual no ha llegado hasta la posteridad.
La tradición litúrgica considera a los santos modelos de vida cristiana, no simples personajes ejemplares de la historia. El reconocimiento eclesial de su santidad dirige la atención hacia Cristo, cuya gracia actuó en ellos, y hacia el Espíritu Santo, fuente de la santidad de la Iglesia.2


