La palabra martirologio procede del griego martys, «testigo», a través del latín martyrologium. En su sentido primitivo designaba una relación de mártires ordenada conforme a los días de sus aniversarios. Con el desarrollo del culto a los santos, el término pasó a incluir también a obispos, confesores, vírgenes, religiosos y otros cristianos reconocidos por la Iglesia como testigos eminentes del Evangelio.
El martirologio sigue normalmente el orden del calendario, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre. Cada jornada contiene una serie de nombres y noticias breves, a menudo acompañadas por la indicación del lugar donde vivió, padeció o murió el santo. A diferencia de un calendario litúrgico particular, que establece las celebraciones propias de una diócesis o país, el martirologio posee un carácter más amplio y puede reunir santos de distintas épocas, regiones y tradiciones.1
El término no equivale exactamente a «calendario». El calendario litúrgico enumera las celebraciones que una Iglesia concreta conserva durante el año; el martirologio ofrece una compilación más extensa de santos y beatos, muchos de los cuales no reciben necesariamente una celebración litúrgica universal en una fecha determinada. Ambas realidades estuvieron estrechamente relacionadas en los primeros siglos, pero adquirieron funciones distintas.


