Los sacramentos son signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia. Cada uno utiliza una realidad perceptible -agua, aceite, pan, vino, imposición de manos, consentimiento o actos del penitente- y unas palabras que manifiestan el don sobrenatural comunicado.
La teología escolástica llamó materia al elemento indeterminado del signo y forma al elemento que determina su significado. El agua, por ejemplo, puede servir para beber, lavar o refrescar; las palabras pronunciadas por el ministro precisan que, en el Bautismo, el agua significa la purificación y la incorporación a Cristo.1
El Catecismo del Concilio de Trento resumió esta doctrina con la expresión tradicional de san Agustín: la palabra, unida al elemento, constituye el sacramento. La materia afecta principalmente a los sentidos corporales, mientras que la forma llega al entendimiento mediante el lenguaje.2
La terminología de materia y forma recibió una formulación sistemática durante la Edad Media y alcanzó reconocimiento magisterial en el Decreto para los armenios, incorporado a los documentos del Concilio de Florencia. El Concilio de Trento utilizó también estos términos, aunque no definió expresamente que todo rito sacramental tuviera que describirse técnicamente mediante una composición hilemórfica.1



