El contexto teológico
Durante los siglos IV y V, la Iglesia profundizó en la identidad de Jesucristo frente a diversas doctrinas que alteraban la fe cristiana. El arrianismo consideraba al Hijo inferior al Padre y negaba su plena divinidad; el docetismo reducía la humanidad de Cristo a una apariencia. La controversia nestoriana planteó otra dificultad: cómo expresar correctamente la relación entre la divinidad y la humanidad de Jesucristo.
Nestorio, patriarca de Constantinopla, rechazó el título Theotokos o, al menos, manifestó una fuerte oposición a su uso. Prefería llamar a María Christotokos, «Madre de Cristo», o anthropotokos, «Madre del hombre». Su preocupación consistía en evitar la idea de que la divinidad pudiera nacer, sufrir o morir.,
La cuestión no era meramente terminológica. Nestorio tendía a describir la unión entre el Verbo y la humanidad de Jesús como una presencia de Dios en un hombre santo, semejante a la presencia de Dios en un templo. Esa explicación podía conducir a una dualidad no sólo de naturalezas, sino también de sujetos personales: por un lado, el Hijo divino; por otro, el hombre Jesús.
La dificultad de esta posición radicaba en que separaba excesivamente al Verbo y al hombre nacido de María. Si el sujeto que nace de la Virgen fuera una persona humana distinta del Hijo, entonces María no sería madre del Hijo de Dios hecho hombre, sino únicamente de un hombre unido externamente a Dios. La unidad real de la Encarnación quedaría comprometida.,
Cirilo de Alejandría
Cirilo de Alejandría fue el principal defensor de la legitimidad doctrinal del título Theotokos. Su argumentación partía de la unidad personal de Cristo: el Verbo no se limitó a habitar en un hombre ya existente, sino que asumió una humanidad verdadera y la hizo suya en la unidad de su Persona. Por tanto, el sujeto nacido de María es el mismo Verbo de Dios.,
Cirilo no enseñó que la naturaleza divina comenzara en María. Su doctrina distinguía cuidadosamente la eternidad del Verbo y el nacimiento humano de Jesús. María proporcionó al Hijo la humanidad que tomó de ella; el Verbo, sin dejar de ser Dios, se hizo verdaderamente hombre.
La formulación de Cirilo puede resumirse así: el Verbo nació según la carne, no según la divinidad. La divinidad no recibió de María su principio; el Verbo recibió de ella el cuerpo y el alma humanos que asumió en la unidad de su Persona.
Cirilo relacionó también la maternidad divina con la salvación. Si el que nació de María no fuera verdaderamente Dios, la Encarnación no habría unido realmente a Dios y al hombre. Y si no fuera verdaderamente hombre, no habría asumido nuestra condición ni habría realizado la redención mediante una humanidad auténtica.,
El Concilio de Éfeso
El Concilio de Éfeso, celebrado en el año 431, confirmó solemnemente el título Theotokos. La definición conciliar declaró que el Emmanuel es verdaderamente Dios y que María es Madre de Dios porque dio a luz, según la carne, al Verbo hecho carne.
El Concilio no pretendió resolver una cuestión de devoción mariana al margen de la cristología. Su objetivo central consistió en defender que Jesucristo es una única Persona divina. La maternidad divina de María funciona, así, como una consecuencia lógica de la Encarnación: si el Hijo de Dios es el mismo que nació de María, María es verdaderamente Madre de Dios.,
La recepción de la definición produjo una profunda alegría entre los cristianos de Éfeso. La población acompañó a los padres conciliares con antorchas después de conocer la confirmación de la fe en la maternidad divina. La celebración popular manifestaba la importancia litúrgica y espiritual que el título ya poseía antes de su definición dogmática.
Desarrollo posterior
El Concilio de Calcedonia, en el año 451, incorporó el título Theotokos a su definición de fe. Calcedonia confesó al único y mismo Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre, nacido de María según la humanidad. De este modo, vinculó la maternidad divina con la doctrina de las dos naturalezas de Cristo, sin división ni confusión.
Los concilios posteriores mantuvieron esta enseñanza como parte integrante de la fe cristiana. Las Iglesias ortodoxas conservan el título como una de las expresiones más exactas de la fe en la Encarnación. Algunas Iglesias de tradición antioquena prefieren fórmulas como «Madre del Señor» o «Madre de Cristo», aunque la diferencia terminológica requiere una interpretación histórica y teológica cuidadosa.