La maternidad espiritual de María no constituye una maternidad meramente afectiva o simbólica. La tradición católica entiende que María participa realmente, aunque de modo subordinado a Cristo, en el nacimiento y crecimiento de la vida sobrenatural de los fieles. Por esta razón, la Iglesia la invoca como Madre de la gracia, Madre de la vida, Madre de los creyentes y Madre de la Iglesia.1
El fundamento de esta doctrina radica en la unión entre María y Cristo. Al concebir y dar a luz al Hijo de Dios, María acogió también, en el orden de la fe y de la gracia, a quienes forman el Cuerpo místico de Cristo. La maternidad espiritual brota, por tanto, de su maternidad divina: quien es Madre de la Cabeza, Jesucristo, está vinculada maternalmente a los miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia.2
La maternidad espiritual de María pertenece al misterio de la salvación y no añade una salvación paralela a la realizada por Cristo. Jesucristo es el único Redentor y el único Mediador entre Dios y los hombres; María coopera con Él de manera singular, dependiente y subordinada. Su mediación posee un carácter maternal porque nace de su relación única con el Hijo y conduce siempre hacia Él.3


