El matrimonio es una institución divinamente establecida que precede a la ley humana y, por tanto, está sujeta a la ley divina, no pudiendo ser rescindida por la legislación humana1. Desde la creación, Dios dotó al matrimonio de sus propias leyes y bendiciones, destinándolo a la perpetuación de la especie humana y al bien mutuo de los cónyuges2. La unión íntima de vida y amor entre un hombre y una mujer, donde «ya no son dos, sino una sola carne»2,3, fue fundada por Dios Creador y dotada de leyes propias2.
Cristo elevó este pacto a la dignidad de sacramento para los bautizados4,5,6. A través del Bautismo, los cónyuges son injertados en el pacto de Cristo con la Iglesia, lo que significa que su comunidad conyugal es asumida en la caridad de Cristo y enriquecida por la virtud de su sacrificio4. Por consiguiente, un matrimonio válido entre personas bautizadas es siempre un sacramento4,7. El sacramento del Matrimonio significa la unión de Cristo y la Iglesia, y otorga a los esposos la gracia de amarse con el amor con que Cristo amó a su Iglesia, fortaleciendo su unidad indisoluble y santificándolos en el camino a la vida eterna8,9.

