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Matrimonio místico de los Santos con Cristo

El matrimonio místico designa, en la tradición católica, la unión espiritual extraordinariamente íntima entre Cristo y un alma llamada a vivir una profunda conformidad con Él. La expresión también describe, en sentido más amplio, ciertas visiones o experiencias espirituales de santos en las que Jesucristo aparece como Esposo y entrega simbólicamente un anillo. Esta realidad personal participa del misterio nupcial de Cristo y la Iglesia, pero no constituye un matrimonio sacramental ni implica una unión corporal: pertenece al orden de la gracia, de la caridad y de la comunión interior con Dios.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreMatrimonio místico de los Santos con Cristo
CategoríaTérmino
DescripciónUnión espiritual extraordinariamente íntima entre Cristo y el alma que vive en profunda conformidad con Él, sin constituir un sacramento ni una unión corporal. Analogía nupcial que expresa alianza, pertenencia recíproca, fidelidad, intimidad y entrega total entre Cristo y el alma
Referencias
Contexto HistóricoPresente desde los primeros siglos de la Iglesia; ha sido interpretado en la espiritualidad patrística y en la mística renacentista y barroca.
Escritos RelacionadosEncíclicaArcanum divinae sapientiae” (1880); “El castillo interior” de Teresa de Ávila; “Cántico espiritual” y “Llama de amor viva” de San Juan de la Cruz; cartas de Santa Catalina de Siena.
Fundamento TeológicoDesarrollado por los Padres de la Iglesia, San Bernardo de Claraval, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Santa Catalina de Siena y otros autores místicos.
Importancia EclesialConsiderada una expresión elevada de la espiritualidad cristiana que apunta a la comunión con Cristo y la Iglesia, y a la participación en su pasión.
Personas RelacionadasSan Bernardo de Claraval; Santa Teresa de Jesús; San Juan de la Cruz; Santa Catalina de Siena; Santa Catalina de Alejandría; Beata Ángela de Foligno; Santa Coleta; Santa Catalina de Ricci; Santa María Magdalena de Pazzi; Santa Verónica Giuliani; Venerable María de Ágreda.
TipoTérmino teológico

Tabla de contenido

Significado de la expresión

La palabra místico procede del ámbito de los misterios de la fe y alude a una realidad espiritual que supera la experiencia ordinaria, aunque no deja de producir efectos concretos en la vida del creyente. El término matrimonio funciona aquí como una analogía: expresa la alianza, la pertenencia recíproca, la fidelidad, la intimidad y la entrega total entre Cristo y el alma.

La Iglesia emplea el lenguaje nupcial porque la Sagrada Escritura presenta repetidamente la relación de Dios con su pueblo bajo la imagen del esposo y la esposa. El Antiguo Testamento describe la alianza entre el Señor e Israel mediante categorías conyugales, mientras que el Nuevo Testamento identifica a Cristo como el Esposo y a la Iglesia como su Esposa. Esta simbología alcanza una formulación especialmente profunda en la Carta a los Efesios, donde el amor de los esposos aparece relacionado con el amor de Cristo a la Iglesia.1

La imagen nupcial no reduce la relación con Dios a un sentimiento afectivo. Expresa una transformación de toda la persona: inteligencia, voluntad, memoria, afectos y conducta quedan orientados hacia Cristo. El alma no recibe una divinización por naturaleza ni deja de ser criatura; participa, por la gracia, de la vida divina y queda configurada con mayor plenitud según el amor de Jesucristo.

Fundamento bíblico y teológico

La alianza de Dios con su pueblo

Los profetas utilizaron con frecuencia la imagen del matrimonio para manifestar el amor de Dios, su fidelidad y también el drama de la infidelidad de Israel. El Señor aparece como un esposo que busca, corrige, perdona y restaura a su pueblo. El libro de Oseas, por ejemplo, presenta la alianza como una relación de amor que Dios renueva incluso después del pecado.

El Cantar de los Cantares ocupa un lugar singular en la tradición espiritual cristiana. Su lenguaje amoroso permitió a los Padres de la Iglesia y a los autores místicos interpretarlo en diversos niveles: como celebración del amor humano, como representación de la relación entre Cristo y la Iglesia y como descripción simbólica del camino del alma hacia Dios. San Jerónimo leyó varios pasajes del Cantar en relación con la virginidad consagrada y con la entrega de la persona a Cristo.2

La tradición patrística identificó a la Iglesia con la esposa única e inmaculada de Cristo. Al mismo tiempo, admitió que cada alma participa personalmente de esa relación nupcial. La persona santa no se convierte en una esposa independiente de la Iglesia, sino que participa en la única unión de Cristo con su Cuerpo. La santidad individual posee, por tanto, una dimensión eclesial: el alma se une a Cristo dentro de la fe, los sacramentos y la comunión de la Iglesia.3

Cristo Esposo y la Iglesia Esposa

La unión entre Cristo y la Iglesia constituye el fundamento objetivo de toda forma de matrimonio místico. Jesucristo ama a la Iglesia, la purifica, la santifica y entrega su vida por ella. El alma santa recibe la gracia de participar en ese amor y de reproducirlo en su propia existencia.

La tradición cristiana no presenta primero el matrimonio humano para después aplicarlo a Cristo. Más bien contempla en el amor de Cristo a la Iglesia la realidad originaria que ilumina el sentido más alto del amor conyugal. El matrimonio cristiano representa sacramentalmente la unión de Cristo con la Iglesia, precisamente porque la entrega conyugal, la fidelidad y la comunión ofrecen una imagen especialmente adecuada de ese misterio.4

El matrimonio místico personal tampoco compite con el matrimonio sacramental. Una persona casada puede vivir una profunda unión espiritual con Cristo sin abandonar sus deberes conyugales y familiares. En los santos célibes, vírgenes consagradas, viudos y religiosos, la imagen nupcial adquiere una forma particularmente visible, porque la persona orienta toda su vida afectiva y corporal hacia una entrega exclusiva al Señor.

Las dos acepciones principales

La expresión posee dos sentidos relacionados, pero distintos.

Sentido amplio: visión o desposorio simbólico

En numerosas vidas de santos, el matrimonio místico aparece como una visión espiritual. Cristo manifiesta al alma que la toma como esposa y, en ocasiones, entrega un anillo. La escena puede incluir a la Virgen María, ángeles o santos, así como elementos ceremoniales inspirados en una boda humana.

El anillo no constituye un sacramental ni produce por sí mismo una transformación automática. Representa la alianza espiritual, la pertenencia a Cristo y una gracia particular de intimidad con Dios. La tradición hagiográfica interpreta estas escenas como signos de un crecimiento extraordinario en la caridad, de una familiaridad más profunda con el Señor y de una especial participación en sus sufrimientos.5

Las narraciones de este tipo pertenecen al ámbito de las revelaciones privadas. La Iglesia puede reconocer la virtud heroica de un santo sin obligar a todos los fieles a aceptar cada detalle de sus experiencias místicas. La canonización garantiza que esa persona vivió en comunión con la fe y practicó las virtudes de manera ejemplar; no convierte cada fenómeno extraordinario de su vida en un artículo de fe.

Sentido estricto: unión transformante

En la teología espiritual de santa Teresa de Jesús y san Juan de la Cruz, el matrimonio espiritual designa la culminación del camino místico en esta vida. También recibe los nombres de unión transformante, unión consumada o deificación en sentido participativo.

Santa Teresa lo sitúa en la séptima morada de su doctrina del Castillo interior. Allí distingue el matrimonio espiritual de experiencias anteriores, como los consuelos sensibles, las visiones imaginarias o determinados arrobamientos. La unión acontece en el centro profundo del alma, donde Dios habita por la gracia. La santa utiliza el lenguaje nupcial porque ninguna otra comparación humana expresa con igual fuerza la estabilidad, la intimidad y la mutua entrega de esta comunión.6

La unión transformante no significa que el alma se convierta en Dios por esencia. La criatura permanece criatura y el Creador permanece Dios. La transformación consiste en una participación más intensa en la vida divina, especialmente mediante la caridad. La voluntad humana queda cada vez más conforme con la voluntad de Cristo, y el alma aprende a amar lo que Él ama y a rechazar el pecado.

Rasgos de la unión mística

Presencia habitual de Dios

Uno de los frutos propios de la unión espiritual consiste en una conciencia más viva de la presencia de Dios incluso durante las ocupaciones ordinarias. Esta conciencia no exige un estado continuo de éxtasis ni la pérdida de los sentidos. Santa Teresa distingue la unión espiritual de las manifestaciones extraordinarias y explica que la percepción de la presencia divina puede acompañar la vida cotidiana sin anular la actividad exterior.5

La persona puede trabajar, conversar, atender a los enfermos, cumplir sus obligaciones y participar en la vida de la Iglesia mientras permanece interiormente orientada hacia Dios. El matrimonio místico no consiste en huir permanentemente del mundo, sino en vivir todas las realidades desde una relación más profunda con Cristo.

Transformación de las facultades

El término unión transformante expresa un cambio en el modo de actuar de las facultades superiores. La inteligencia conoce a Dios de una manera más simple y amorosa; la voluntad se adhiere con mayor firmeza al bien; la memoria queda menos dominada por la dispersión y los afectos se ordenan según la caridad.

Esta transformación no elimina las limitaciones humanas, la posibilidad de sufrir ni la necesidad de luchar contra las tentaciones. Tampoco suprime automáticamente los defectos psicológicos o las consecuencias del pecado pasado. El alma puede experimentar cansancio, sequedad, enfermedad y contradicciones, pero afronta estas realidades con una orientación más estable hacia Cristo.

Santa Teresa describe esta gracia como una comunicación interior tan profunda que el alma queda unida a Dios de un modo incomparable con las experiencias sensibles anteriores. La unión posee una intensidad que no depende principalmente de imágenes, palabras o emociones, sino de la acción de Dios en el centro espiritual de la persona.6

Conformidad de voluntades

San Bernardo de Claraval explica el matrimonio espiritual mediante la semejanza producida por la caridad. El alma se convierte en esposa del Verbo cuando ama de acuerdo con el amor de Cristo y conforma su voluntad con la voluntad divina. Para este autor, el vínculo nupcial alcanza su verdad cuando existe una profunda concordancia entre lo que Dios ama y lo que ama el alma.7

Esta conformidad no equivale a una absorción impersonal. El amor cristiano mantiene la distinción entre Dios y la criatura. Precisamente porque el alma conserva su identidad, puede responder libremente a la iniciativa divina. La unión mística no destruye la libertad; la libera de la esclavitud del pecado y la orienta hacia el bien.

Participación en los sufrimientos de Cristo

Cristo no es únicamente el Esposo glorioso, sino también el Crucificado. Por eso, la unión nupcial con Él incluye una participación más profunda en su pasión. El alma que recibe grandes gracias contemplativas puede recibir también una llamada particular a la penitencia, la intercesión, el servicio y la aceptación cristiana del sufrimiento.

Diversas narraciones hagiográficas relacionan el matrimonio místico con los estigmas y con otras formas extraordinarias de participación en la pasión. Esta relación no permite concluir que los estigmas sean necesarios para alcanzar la santidad o la unión con Dios. La caridad, no un fenómeno corporal, constituye el centro de la vida mística. La cruz aparece como el criterio decisivo: la auténtica experiencia de Dios conduce a la humildad, al sacrificio y al amor concreto al prójimo.5

El matrimonio místico y la virginidad consagrada

Desde los primeros siglos, la virginidad cristiana recibió una interpretación esponsal. La persona consagrada ofrece a Cristo su cuerpo, su afectividad, sus bienes y su libertad, no como desprecio del matrimonio humano, sino como signo anticipado del Reino de Dios.

La tradición distinguió la fecundidad corporal de la fecundidad espiritual. La virginidad consagrada renuncia a la generación física propia del matrimonio, pero busca una fecundidad apostólica y espiritual mediante la oración, la evangelización, el servicio y la entrega a los necesitados. San Jerónimo relacionó la lectura espiritual del Cantar con la virginidad y con las distintas formas de vida cristiana, incluidas la viudez, la continencia y el matrimonio.2

La expresión «esposa de Cristo» aplicada a una religiosa no describe un matrimonio sacramental. La consagración religiosa constituye una entrega pública y eclesial de la persona a Dios mediante votos u otros vínculos reconocidos por la Iglesia. La imagen esponsal manifiesta la totalidad y exclusividad de esa entrega.

Santa Catalina de Siena emplea un lenguaje muy expresivo para exhortar a una mujer viuda a unirse a Cristo como esposo espiritual. Vincula esa unión con la pureza, la caridad, la humildad, la oración, la confesión y la recepción de la Eucaristía. Para ella, el alma demuestra su pertenencia al Esposo no mediante una experiencia extraordinaria, sino mediante una vida transformada por las virtudes y el amor al prójimo.8

La misma santa insiste en que las «esposas» de Cristo deben seguir el camino de pobreza, obediencia y humildad recorrido por Jesús. La fidelidad al Esposo exige abandonar todo afecto desordenado que ocupe el lugar de Dios y reproducir la entrega del Crucificado.9

Santos relacionados con el matrimonio místico

Santa Catalina de Alejandría

La tradición hagiográfica vinculó desde antiguo a santa Catalina de Alejandría con las nupcias místicas. Las representaciones artísticas suelen mostrar al Niño Jesús entregándole un anillo, con la Virgen María como testigo. La escena expresa su virginidad consagrada y su fidelidad a Cristo hasta el martirio.

El motivo tuvo una amplia difusión en el arte cristiano europeo. Pintores como Hans Memling, Jacob Jordaens y Correggio representaron el matrimonio místico de santa Catalina de Alejandría.5

Santa Catalina de Siena

Santa Catalina de Siena recibió en la tradición espiritual una especial consideración como esposa de Cristo. Su relación esponsal con Jesús aparece unida a la misión eclesial, al amor por el Papa, a la reforma de la Iglesia y al servicio de los pecadores.

En sus cartas, Catalina identifica la condición de «sierva» y la de «esposa» de Cristo. El servicio a Dios no constituye una situación inferior a la unión espiritual, sino el camino por el que la persona entra en una relación más plena con el Señor. La santa presenta a Cristo como el Esposo que comunica la vida mediante su sangre y llama al alma a una fidelidad indivisa.10

Santa Teresa de Jesús

Santa Teresa de Jesús ofreció la formulación más influyente del matrimonio espiritual en la tradición carmelitana. En el Castillo interior, lo presenta como la culminación de las moradas del alma. La santa describe una presencia de Cristo en lo más íntimo de la persona y una transformación tan profunda que el alma queda unida a Dios de manera estable, aunque todavía no posea la visión beatífica propia del cielo.11

Teresa distingue entre los «desposorios espirituales» y el matrimonio espiritual. Los primeros preparan y orientan hacia una unión más firme; el segundo manifiesta una unión interior más permanente y transformante. La santa advierte, mediante sus comparaciones, que el lenguaje humano resulta insuficiente para describir una gracia que supera la imaginación y los sentidos.

San Juan de la Cruz

San Juan de la Cruz desarrolló la doctrina del matrimonio espiritual en obras como el Cántico espiritual y la Llama de amor viva. Para él, la unión plena requiere la purificación de los sentidos y del espíritu, el desprendimiento de todo apego desordenado y la acción gratuita de la gracia.

La noche espiritual no constituye una ausencia absoluta de Dios, aunque el alma la experimente como oscuridad. Representa el proceso mediante el cual Dios purifica la inteligencia y la voluntad para que la persona no confunda al Creador con sus consuelos, imágenes o expectativas. El matrimonio espiritual culmina esta transformación en una caridad viva y estable.

Santa Teresa de Lisieux y otros santos

La tradición católica también ha aplicado el lenguaje esponsal a numerosos santos y santas que vivieron una entrega total a Cristo sin recibir necesariamente visiones de anillos o ceremonias celestiales. La vida de oración, la virginidad consagrada, el martirio, la atención a los pobres y la aceptación amorosa de la voluntad divina pueden expresar una auténtica dimensión nupcial.

La tradición histórica ha relacionado el matrimonio místico, en sentido amplio, con figuras como la beata Ángela de Foligno, santa Coleta, santa Catalina de Ricci, santa María Magdalena de Pazzi, santa Verónica Giuliani y la venerable María de Ágreda, entre otras.5

Diferencia entre matrimonio místico y matrimonio sacramental

El matrimonio sacramental une a un hombre y una mujer mediante el consentimiento matrimonial y establece una comunidad de vida ordenada al bien de los esposos y a la generación y educación de los hijos. En la doctrina católica, el matrimonio cristiano es signo eficaz de la unión de Cristo con la Iglesia.

El matrimonio místico, en cambio, pertenece a la relación espiritual entre Cristo y una persona. No crea una familia jurídica, no modifica el estado civil, no sustituye el matrimonio sacramental y no concede derechos conyugales. El anillo presente en algunas visiones posee un valor simbólico, no contractual.

La teología católica mantiene una relación estrecha entre ambas realidades. El matrimonio sacramental representa de modo visible la alianza de Cristo con la Iglesia, mientras que la vida mística interioriza y experimenta espiritualmente esa alianza. El sacramento del matrimonio no funciona como un adorno añadido a un contrato, sino como una realidad inseparable de la unión matrimonial cristiana y como signo que comunica gracia.12

Tampoco conviene contraponer matrimonio y virginidad cristiana. Ambos estados de vida pueden conducir a la santidad. El matrimonio manifiesta el amor esponsal mediante la entrega conyugal y familiar; la virginidad consagrada lo manifiesta mediante una dedicación exclusiva a Cristo y al servicio del Reino. En ambos casos, la medida última reside en la caridad.

Discernimiento de las experiencias místicas

La Iglesia distingue entre la santidad auténtica y los fenómenos extraordinarios. Una visión, un anillo, un éxtasis o una experiencia interior intensa no garantizan por sí mismos la acción divina. La persona puede interpretar de forma equivocada una experiencia, y también pueden intervenir factores psicológicos, culturales o emocionales.

El discernimiento espiritual atiende especialmente a los frutos:

Santa Teresa describe experiencias en las que la inteligencia queda como admirada ante una acción divina que no puede abarcar plenamente. Su testimonio muestra que la mística auténtica no consiste en fabricar estados interiores ni en buscar sensaciones extraordinarias, sino en acoger la acción de Dios con humildad y someter el discernimiento a la prudencia espiritual.13

La persona que experimenta fenómenos de este tipo necesita acompañamiento prudente. La dirección espiritual, la vida sacramental y la obediencia a la autoridad eclesial ayudan a evitar el orgullo, el autoengaño y la interpretación literal de símbolos que pertenecen al lenguaje de la experiencia interior.

Frutos espirituales

El matrimonio místico se reconoce por sus frutos más que por sus manifestaciones externas. Entre sus efectos habituales figuran:

Amor más intenso a Cristo

El alma contempla a Jesucristo como el centro de su existencia. La relación con Él no queda confinada a momentos de oración, sino que orienta decisiones, afectos, trabajo y servicio.

Mayor amor a la Iglesia

Cristo tiene una única Esposa, la Iglesia. Por eso, una experiencia auténticamente nupcial conduce a una comunión más profunda con la fe católica y con la misión eclesial. La unión personal con Cristo no legitima un cristianismo aislado o contrario a la Iglesia.3

Caridad hacia el prójimo

La unión con Cristo impulsa a amar a quienes Él ama. Santa Catalina de Siena relaciona la caridad hacia Dios con el servicio fraterno y con la atención a las necesidades concretas del prójimo.8

Desprendimiento

El alma aprende a no convertir las criaturas, los bienes, el reconocimiento o los consuelos espirituales en sustitutos de Dios. Este desprendimiento no desprecia la creación, sino que la ordena según la voluntad divina.

Disponibilidad para la cruz

El Esposo es Cristo crucificado. La persona unida a Él acepta con mayor libertad el sacrificio que exige la fidelidad cristiana y puede ofrecer sus sufrimientos por la Iglesia y por la salvación de los demás.

Dimensión eclesial y escatológica

El matrimonio místico posee una dimensión eclesial porque brota de la unión de Cristo con su Iglesia. El alma participa de la relación esponsal de la Iglesia entera. La santidad individual no constituye una experiencia privada desligada del pueblo de Dios.

También posee una dimensión escatológica. La unión espiritual experimentada en esta vida anticipa imperfectamente la comunión plena con Dios en la gloria. Santa Teresa enseña que el matrimonio espiritual puede alcanzar una profundidad extraordinaria en la vida presente, pero la unión perfecta sólo llega con la visión beatífica.11

La liturgia y la espiritualidad cristianas contemplan a la Iglesia como esposa que espera la venida definitiva de Cristo. Cada santo manifiesta de modo particular esa espera y muestra que la meta de toda vida cristiana consiste en la comunión eterna con el Señor.

Interpretación espiritual para todos los fieles

La mayoría de los cristianos no recibe visiones ni alcanza los grados extraordinarios descritos por los grandes autores místicos. Sin embargo, la realidad fundamental expresada por el matrimonio místico pertenece a toda vida cristiana: Dios llama a cada bautizado a amarle con todo el corazón y a vivir en comunión con Cristo.

La unión con Jesús crece mediante:

  • la fe;
  • la oración;
  • la participación en la Eucaristía;
  • la reconciliación sacramental;
  • la escucha de la Palabra de Dios;
  • la práctica de las virtudes;
  • la caridad con los pobres y necesitados;
  • la fidelidad a la propia vocación.

San Bernardo resume el sentido profundo de esta doctrina al relacionar el matrimonio del alma con el Verbo y la semejanza producida por la caridad. El alma se acerca a Cristo no por una emoción pasajera, sino porque aprende a amar con un amor configurado según el suyo.7

Valor en la espiritualidad católica

El matrimonio místico de los santos constituye una de las expresiones más elevadas de la espiritualidad cristiana. Su lenguaje procede de la Biblia, fue desarrollado por los Padres de la Iglesia y alcanzó una elaboración clásica en autores como san Bernardo, santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz y santa Catalina de Siena.

La doctrina enseña que Cristo desea una unión real con cada persona por medio de la gracia. Las experiencias extraordinarias pertenecen a algunos santos; la llamada a la santidad, en cambio, alcanza a todos. El criterio decisivo no consiste en haber visto a Cristo con los ojos del cuerpo o en haber recibido un signo visible, sino en vivir una caridad cada vez más semejante a la suya.

El matrimonio místico significa, en definitiva, que Cristo se entrega al alma y la invita a entregarse enteramente a Él. La unión alcanza su madurez cuando produce fidelidad, humildad, amor a la Iglesia, servicio al prójimo y participación en la cruz. Su plenitud definitiva no pertenece a este mundo, sino a la comunión eterna con Dios en la gloria.

Citas y referencias

  1. J. Delicado-Baeza. El matrimonio en el misterio de Cristo, 9 (1980).
  2. Eusebio Sofrónio Jerónimo (Jerónimo de Stridon o San Jerónimo). Contra Jovinianus, Libro I - 30 (393). 2
  3. Roch Kereszty. «Sacrosancta Ecclesia»: la Santa Iglesia de los pecadores, 7 (2013). 2
  4. Peter Kwasniewski. San Tomás sobre la grandeza y limitaciones del matrimonio, 19 (2012).
  5. Matrimonio místico. Enciclopedia Católica, Matrimonio Místico (1913). 2 3 4 5
  6. Teresa de Ávila. El castillo interior, 200 (1852). 2
  7. Sobre San Bernardo de Claravalle, el último de los padres, Papa Pío XII. Doctor Mellifluus, 9 (1953). 2
  8. Catalina de Siena. Las cartas de S. Catalina de Siena, reducidas a mejor lección y en orden nuevo dispuestas con prólogo y notas de Niccolò Tommaseo, 415 (1860). 2
  9. Catalina de Siena. Las cartas de S. Catalina de Siena (Las cartas de Santa Catalina de Siena) - Volumen 4, 67 (1860).
  10. Catalina de Siena. Las cartas de S. Catalina de Siena (Las cartas de Santa Catalina de Siena) - Volumen 4, 239 (1860).
  11. Capítulo II, Teresa de Ávila. El castillo interior, 199 (1852). 2
  12. Matrimonio cristiano - De la encíclica «Arcanum divinae sapientiae», febrero 10, 1880, Heinrich Joseph Dominicus Denzinger. Las fuentes del dogma católico (Enchiridion Symbolorum), 3142 (1854).
  13. Capítulo X - Las gracias que recibió en oración. Lo que podemos hacer, Teresa de Ávila. La vida de Santa Teresa de Jesús, 172.
Modificado el 24 de agosto de 2026 • FideScore™ 9.68Citar este artículoPaq. Scorm (LMS)Sugerir mejoraCompartir artículoImprimir artículoGenerar QRInstalar aplicaciónPermalink: ark:28736/h7twr07qb

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