La Iglesia Católica enseña que el matrimonio es una realidad natural, una verdad que puede ser discernida por la razón para el bien de la pareja y de la sociedad1. Esta comprensión se ve confirmada por la revelación divina, que vincula explícitamente la unión matrimonial con el «principio» de la creación, donde Dios creó al hombre y a la mujer y los unió para que «los dos se hagan una sola carne» (Gn 1:27; 2:24)1.
El matrimonio no es simplemente cualquier tipo de unión entre personas que pueda formarse según diversos modelos culturales1. Más bien, existe una inclinación natural profunda en el ser humano, tanto en el hombre como en la mujer, a unirse en matrimonio. Esta inclinación no es producto de la creatividad humana, sino que trasciende las diferencias históricas y culturales en sus características fundamentales1. Santo Tomás de Aquino explica que el matrimonio es natural no porque resulte de la necesidad de principios naturales, sino porque es una realidad a la que uno se inclina por naturaleza, aunque se concrete a través del libre albedrío1.
Propiedades Esenciales del Matrimonio Natural
El matrimonio natural posee propiedades esenciales que lo definen. Estas propiedades incluyen la unidad y la indisolubilidad2. La unidad implica que el matrimonio es la unión de un solo hombre y una sola mujer. La indisolubilidad significa que el vínculo matrimonial es permanente y no puede ser disuelto por la voluntad humana2.
Además de estas propiedades, el matrimonio está ordenado por su propia naturaleza a dos fines principales: el bien de los cónyuges (fin unitivo) y la procreación y educación de la prole (fin procreativo)3. El fin procreativo es fundamental, ya que la estabilidad y exclusividad del matrimonio se entienden en gran medida por el deseo y las exigencias de una comunidad procreativa, una familia4. La apertura a la procreación es un acto de justicia hacia el cónyuge, ya que no se entrega el don completo de uno mismo si se retiene la fecundidad4.
La sexualidad dentro del matrimonio natural abarca la totalidad del ser humano, cuerpo y alma, y debe ser una expresión de amor «plenamente humano» y «total»5. El acto conyugal debe respetar la conexión intrínseca entre su significado unitivo y procreativo, sin que uno separe deliberadamente estas dos dimensiones5,6.
