El matrimonio católico se fundamenta en la Sagrada Escritura y la Tradición, donde se presenta como una alianza divina que refleja el amor de Cristo por su Iglesia. Según el relato de la creación en el Génesis, Dios instituye el matrimonio como unión entre hombre y mujer que se convierten en «una sola carne» (Gn 2,24), superando la soledad original del ser humano mediante la complementariedad sexual.2,4,5
La dimensión unitiva y procreativa del acto conyugal
El acto conyugal no es mero instinto biológico, sino un signo sacramental del amor total, fiel y fecundo. Posee una doble dimensión: unitiva (expresión de comunión personal) y procreativa (abierta a la vida). San Juan Pablo II, en su Teología del Cuerpo, enfatiza que el cuerpo humano tiene un sentido esponsal, revelando que los esposos están llamados a donarse mutuamente de forma íntegra, sin reservas. Privar artificial o caprichosamente esta unión contradice el lenguaje del cuerpo, que habla de amor total y apertura a la vida.6,7,8
La Iglesia enseña que la sexualidad humana, ordenada al matrimonio, integra eros (amor apasionado) y agape (amor oblativo), como explica Benedicto XVI en Deus caritas est. Esta unidad eros-agape se realiza plenamente en el matrimonio monogámico, icono del amor de Dios por su pueblo.1,2
Indisolubilidad del vínculo matrimonial
Un matrimonio ratificado y consumado entre bautizados es absolutamente indisoluble, ni siquiera por el Romano Pontífice. El Código de Derecho Canónico (c. 1085) impide contraer nuevo matrimonio mientras subsista el vínculo anterior, incluso si no se consumó. Solo un tribunal eclesiástico puede declarar la nulidad si faltaron elementos esenciales al consentimiento.3,9,10
