La Anunciación
La Anunciación constituye el primer momento explícito de la cooperación mariana en la realización histórica de la salvación. Dios quiso que el Redentor naciera de una mujer, y María participó activamente en este acontecimiento mediante su fe y su consentimiento. La mediación de María no consistió únicamente en una maternidad biológica: incluyó la aceptación libre de la misión recibida y la adhesión personal al designio de Dios.
La tradición cristiana ha relacionado el fiat de María con la desobediencia de Eva. San Ireneo presentó a María como Abogada de Eva, porque su obediencia cooperó con el plan mediante el cual Dios reparó la desobediencia de la primera mujer. Esta comparación no sitúa a María al mismo nivel que Cristo, sino que muestra cómo Dios quiso asociar la obediencia de una criatura a la obra realizada por el Redentor.
La Visitación
En la Visitación, María lleva a Cristo en su seno y comunica alegría, esperanza y santificación. El encuentro con Isabel manifiesta una forma de mediación basada en la presencia de Jesús: María no dirige la atención hacia sí misma, sino que lleva consigo al Salvador y proclama las maravillas de Dios.
El Magníficat resume esta actitud. María reconoce que todo cuanto posee procede de la gracia divina y orienta su alabanza hacia el Señor. La mediación mariana auténtica conserva siempre este carácter cristocéntrico: recibir a Cristo, llevarlo a los demás y glorificar a Dios.
Caná
El episodio de las bodas de Caná ofrece el ejemplo evangélico más claro de la intercesión mariana. María presenta a Jesús la necesidad de los esposos: «No tienen vino» (Jn 2,3). Después dirige a los servidores hacia la obediencia: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5).
Caná muestra los dos movimientos de la mediación maternal:
- María presenta a Cristo las necesidades humanas.
- María conduce a los hombres a cumplir la palabra de Cristo.
La intervención de María no sustituye la acción de Jesús. El milagro procede de Cristo, y la actitud de María consiste en interceder y orientar. La escena expresa de manera ejemplar que toda verdadera devoción mariana lleva a la fe, a la obediencia y a la unión con el Señor.
Al pie de la cruz
La cooperación de María alcanza una profundidad singular al permanecer junto a la cruz. Allí participa maternalmente en el sufrimiento de su Hijo y queda vinculada al nacimiento espiritual de la Iglesia. Su presencia no añade un sacrificio redentor al sacrificio de Cristo, que posee eficacia plena y universal, pero manifiesta la unión de la Madre con la entrega del Hijo.
La tradición católica contempla en el discípulo amado, al que Jesús entrega a María como madre, una representación de los discípulos: «Ahí tienes a tu hijo» y «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,26-27). Esta maternidad espiritual prolonga la misión recibida en la Anunciación y fundamenta la confianza con la que los cristianos acuden a María.