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Medios de Comunicación

Los medios de comunicación son instrumentos, instituciones y lenguajes destinados a transmitir información, ideas, imágenes, relatos y experiencias entre personas y comunidades. Para la Iglesia católica, no constituyen únicamente herramientas técnicas: forman parte de la cultura, influyen en la comprensión de la verdad y pueden favorecer tanto la comunión humana como la manipulación, el aislamiento y la degradación de la dignidad personal. La cuestión central no consiste solo en disponer de medios eficaces, sino en emplearlos al servicio de la verdad, la justicia, la caridad, la evangelización y el bien común.

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Ver información de la imagenUn diagrama conceptual original de un Media Space, c. 1982. Dibujo de Robert Stults, E.d.stults, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreMedios de Comunicación
CategoríaTérmino
DescripciónConstituyen parte de la cultura y pueden favorecer la comunión humana o la manipulación y degradación de la dignidad personal. Instrumentos, instituciones y lenguajes destinados a transmitir información, ideas, imágenes, relatos y experiencias entre personas y comunidades. La Iglesia los ve como herramientas que deben usarse al servicio de la verdad, la justicia, la caridad, la evangelización y el bien común, respetando la dignidad humana y promoviendo la comunión. La comunicación es medio para anunciar la verdad de Cristo y construir comunidad humana abierta a Dios
Autoridad EclesiásticaConcilio Vaticano II; Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales; Juan Pablo II.
Contexto HistóricoDesde los primeros siglos con cartas y predicación, pasando por la imprenta, prensa, cine, radio, televisión y la era digital, la Iglesia ha formulado orientaciones como Inter Mirifica (1963) y Communio et Progressio (1971).
Enseñanzas PrincipalesVerdad como núcleo moral; respeto a la dignidad humana; caridad y justicia en la información; responsabilidad de comunicadores y receptores; formación ética y profesional.
Escritos RelacionadosInter Mirifica (1963); Communio et Progressio (1971); Ética en las Comunicaciones Sociales (2000).
Importancia EclesialHerramienta esencial para la evangelización, formación catequética, defensa de la dignidad y participación en la vida pública.
TemaComunicación social y su dimensión ética y evangelizadora en la Iglesia.
TipoDoctrina

Tabla de contenido

Concepto y alcance

La expresión medios de comunicación comprende realidades muy diversas:

  • La prensa escrita y las editoriales.
  • El cine y las artes audiovisuales.
  • La radio y la televisión.
  • La fotografía y la publicidad.
  • Las agencias informativas.
  • Los sitios web, las redes sociales y las plataformas digitales.
  • Los sistemas de mensajería y las nuevas formas de comunicación interactiva.

La comunicación social posee una dimensión interpersonal y otra pública. Una conversación transmite una experiencia entre personas concretas; un periódico, una emisión radiofónica, una película o una plataforma digital pueden alcanzar simultáneamente a millones de destinatarios.

La Iglesia presta atención tanto a quienes producen los contenidos como a quienes los reciben. Los primeros tienen la responsabilidad de comunicar con competencia y rectitud; los segundos necesitan formación para interpretar los mensajes, beneficiarse de ellos y participar responsablemente en la vida social.1

La visión cristiana de la comunicación

La comunicación en el misterio de Dios

La fe cristiana entiende la comunicación desde el misterio de la comunión trinitaria. El Padre comunica eternamente su vida al Hijo, y el Espíritu Santo es el don personal de esa comunión. Dios también comunica su verdad y su salvación a la humanidad. La revelación alcanza su plenitud en Jesucristo, el Verbo encarnado, que no transmite simplemente ideas religiosas, sino que entrega la propia vida de Dios.

Desde esta perspectiva, toda comunicación humana posee una dignidad especial. La palabra, la imagen y el testimonio pueden abrir a la verdad y a la relación con los demás. También pueden deformar la realidad, dividir a las personas o convertirlas en objetos de manipulación.

La comunicación eclesial nace de la comunión y debe conducir a ella. El objetivo último de la comunicación cristiana no consiste en aumentar la visibilidad de una institución, sino en servir a la verdad recibida de Cristo y edificar una comunidad humana abierta a Dios.

La dignidad de la persona

Los medios tienen como destinatarios a personas dotadas de inteligencia, libertad y conciencia moral. El público no constituye una masa anónima disponible para cualquier influencia, sino una comunidad de sujetos con derecho a conocer la realidad y a formar un juicio propio.

La Iglesia relaciona la comunicación con la dignidad de todos sus participantes: periodistas, escritores, productores, artistas, propietarios, responsables políticos, anunciantes y receptores. La protección de la persona exige respetar su intimidad, su reputación, su libertad de conciencia y su capacidad de buscar la verdad.

La comunicación pierde su finalidad humana cuando transforma a las personas en simples consumidores, instrumentos de propaganda o fuentes de beneficio económico. También la pierde cuando explota el sufrimiento, difunde contenidos degradantes o presenta la mentira como una forma legítima de poder.

Técnica y ética

El medio no determina por sí solo el valor del mensaje

La técnica facilita la comunicación, pero no decide su orientación moral. Una cámara puede documentar una injusticia o invadir la intimidad; una red social puede favorecer la solidaridad o propagar calumnias; una emisión televisiva puede educar o embrutecer; una publicación digital puede difundir conocimiento o manipular las emociones.

Los medios no actúan por sí mismos. Reciben su orientación de las decisiones de las personas y de las estructuras que los organizan. La evaluación moral debe atender a la intención de quienes comunican, al contenido transmitido, al modo de presentarlo, a sus destinatarios y a sus consecuencias previsibles.2

Por tanto, la Iglesia no juzga la tecnología como buena o mala de manera automática. Considera estos instrumentos dones del ingenio humano que pueden servir al bien, aunque también reconoce los riesgos derivados de su uso irresponsable. La pregunta decisiva consiste en saber si una determinada forma de comunicación ayuda a la persona a crecer en madurez, responsabilidad, apertura a los demás y atención hacia los débiles.2

La verdad como criterio fundamental

La verdad constituye el núcleo de la ética de la comunicación. Informar exige respetar los hechos, distinguir la noticia de la opinión, corregir los errores y evitar toda presentación deliberadamente engañosa.

La manipulación mediática puede fabricar una realidad ficticia para dominar la conciencia de las personas. Cuando los medios presentan como verdadero aquello que responde a los intereses de una minoría, privan al ser humano de su libertad y lo someten a una forma de control. La Iglesia vincula, por ello, la verdad con la liberación: el acceso honrado a la realidad permite actuar responsablemente y resistir la propaganda.3

La verdad cristiana no se reduce a la exactitud de los datos. Incluye también la apertura a la dimensión trascendente de la persona y de la historia. Una comunicación puede ofrecer muchos hechos verdaderos y, sin embargo, presentar una imagen empobrecida del ser humano si excluye su dignidad espiritual, su responsabilidad moral y su vocación a la comunión con Dios.

Caridad y justicia

La verdad necesita expresarse con caridad. La comunicación cristiana evita tanto la mentira como la crueldad, la humillación y el desprecio. La corrección de un error no autoriza a destruir la reputación de una persona; la denuncia de una injusticia no justifica la difamación; la libertad de expresión no elimina los deberes de justicia.

La comunicación responsable protege especialmente a quienes carecen de poder: menores, enfermos, víctimas de delitos, personas pobres, migrantes y comunidades discriminadas. El modo de presentar una noticia puede devolverles dignidad o convertir su sufrimiento en espectáculo.

Juan Pablo II relacionó el derecho a la información con la obligación de comunicar conforme a la verdad, la caridad y la justicia. Los propietarios y profesionales de los medios tienen una función decisiva para que la sociedad no quede privada de información relevante ni reciba contenidos moralmente deformados.4

Libertad de comunicación y responsabilidad

La libertad de expresión y de información constituye un bien social, pero no equivale a la ausencia de toda norma moral. La libertad alcanza su plenitud cuando busca el bien y la verdad. Una comunicación libre necesita responsabilidad personal, pluralismo, respeto a la conciencia y protección frente a la manipulación.

El derecho a informar incluye varios deberes:

  • Comprobar los datos antes de difundirlos.
  • Diferenciar hechos, interpretaciones y opiniones.
  • Respetar la presunción de inocencia.
  • Proteger las fuentes sin convertir el anonimato en refugio para la calumnia.
  • Corregir con claridad las informaciones falsas.
  • Evitar el sensacionalismo.
  • Respetar la vida privada.
  • No utilizar imágenes de sufrimiento de manera degradante.
  • Rechazar la propaganda que incite al odio o a la violencia.

La responsabilidad corresponde también a los destinatarios. Lectores, espectadores y usuarios deben desarrollar una actitud crítica, valorar los contenidos y apoyar las producciones que respetan los derechos humanos y educan en los deberes sociales.5

Medios de comunicación y comunión humana

La comunicación puede crear vínculos entre personas alejadas, difundir culturas, favorecer la cooperación y hacer visibles situaciones de injusticia. La prensa, la radio, la televisión y las plataformas digitales permiten que una comunidad conozca los sufrimientos y esperanzas de otra.

La prensa escrita posee una capacidad particular para explicar los acontecimientos, contextualizar las noticias y estimular el pensamiento crítico. Su posibilidad de desarrollar los temas y promover el diálogo social la convierte en un complemento valioso de los medios audiovisuales.6

Sin embargo, la abundancia de información no garantiza una sociedad mejor comunicada. La velocidad puede sustituir a la reflexión; la personalización de contenidos puede encerrar a cada usuario en un entorno ideológico; la búsqueda de audiencia puede premiar la provocación; y la comunicación permanente puede producir aislamiento interior.

La auténtica comunicación requiere escucha. El diálogo no consiste únicamente en emitir mensajes, sino también en acoger al otro, reconocer su dignidad y permitir que la verdad transforme a todos los participantes.

Historia de la comunicación en la Iglesia

La palabra, la escritura y la predicación

La vida de la Iglesia nació ligada a la comunicación de la fe. Jesús anunció el Reino mediante la predicación, las parábolas, los gestos y el encuentro personal. Los apóstoles transmitieron el Evangelio de viva voz y mediante escritos destinados a las primeras comunidades cristianas.

Durante los primeros siglos, la Iglesia empleó cartas, homilías, catequesis, inscripciones, símbolos y representaciones artísticas. Las comunidades cristianas comunicaban la fe dentro de la liturgia y mediante el testimonio de la caridad. La transmisión del Evangelio unía doctrina, culto y vida.

Los monasterios conservaron y copiaron manuscritos religiosos y profanos. La cultura escrita permitió transmitir la Escritura, las obras de los Padres de la Iglesia, los textos litúrgicos y los tratados teológicos a través de las generaciones.

La imprenta y la expansión de la cultura cristiana

La invención de la imprenta transformó profundamente la circulación de las ideas. La producción de libros aumentó, los textos alcanzaron a públicos más amplios y la lectura adquirió una importancia nueva en la vida religiosa y cultural.

La Iglesia impulsó la edición de la Biblia, catecismos, libros litúrgicos, obras espirituales y publicaciones destinadas a la formación del clero y de los fieles. La imprenta también facilitó la controversia teológica, la difusión de la predicación y la formación de la opinión pública.

Con el desarrollo de la prensa periódica, la Iglesia creó diarios, revistas y boletines. El Concilio Vaticano II pidió fomentar una prensa católica capaz de formar la opinión pública conforme a la ley natural y a la enseñanza de la Iglesia, explicar adecuadamente las noticias relativas a la vida eclesial y ayudar a los fieles a elaborar juicios cristianos sobre los acontecimientos.7

El cine, la radio y la televisión

Durante los siglos XIX y XX aparecieron nuevos medios capaces de comunicar mediante sonido, imagen y movimiento. El cine introdujo una forma poderosa de narrar historias y representar la realidad. La radio permitió llegar a hogares y comunidades sin acceso habitual a publicaciones. La televisión integró imagen y sonido en la vida cotidiana.

La Iglesia reconoció las posibilidades educativas, culturales y evangelizadoras de estos medios. También atendió a sus riesgos, especialmente cuando presentaban la violencia, la sexualidad o la injusticia sin criterio moral.

El Concilio Vaticano II animó la producción y difusión de películas de calidad artística, cultural y humana, especialmente aquellas destinadas a los jóvenes. Asimismo, recomendó apoyar programas radiofónicos y televisivos adecuados para las familias, además de promover emisiones católicas con contenidos religiosos y participación en la vida de la Iglesia.7

La pastoral cinematográfica incluyó salas parroquiales, cinefórums, orientación moral y formación de espectadores. La finalidad no consistía únicamente en prohibir producciones inmorales, sino en educar el juicio, promover obras valiosas y formar una conciencia capaz de discernir.

El Concilio Vaticano II

El decreto Inter mirifica, promulgado en 1963, constituyó el primer documento conciliar dedicado específicamente a los medios de comunicación social. El Concilio reconoció la influencia de la prensa, el cine, la radio y la televisión sobre la sociedad y reclamó una presencia responsable de la Iglesia en este ámbito.

El documento conciliar no redujo los medios a instrumentos de propaganda religiosa. Los situó dentro de la responsabilidad humana y pastoral de la Iglesia. La comunicación debía respetar el bien común, la verdad, la dignidad personal y la formación moral.

Después del Concilio, la instrucción pastoral Communio et progressio desarrolló una visión positiva de la comunicación social. Presentó a comunicadores y receptores como participantes activos de un proceso que puede favorecer la convivencia y la comunión. La competencia profesional, la formación crítica y el respeto a la persona ocupan en ella un lugar central.1

La era digital

Internet modificó la estructura tradicional de la comunicación. Frente al modelo predominantemente unidireccional de la prensa, la radio y la televisión, las plataformas digitales permiten interacción inmediata, producción compartida y circulación global de contenidos.

La Iglesia incorporó Internet a la evangelización, la catequesis, la formación, la comunicación interna y la organización pastoral. Juan Pablo II observó que la red no solo ofrece más información, sino que acostumbra a las personas a formas interactivas de comunicación. También insistió en que los medios tradicionales -periódicos, publicaciones, radio y televisión- conservan su utilidad dentro de un panorama comunicativo completo.8

La era digital plantea nuevos desafíos:

  • Circulación instantánea de noticias falsas.
  • Difusión de calumnias y discursos de odio.
  • Exposición de la intimidad.
  • Dependencia de las pantallas.
  • Fragmentación de la atención.
  • Creación de comunidades cerradas.
  • Desigualdad en el acceso a la tecnología.
  • Dificultad para distinguir información fiable de propaganda.

La Iglesia debe afrontar estos desafíos sin nostalgia por épocas anteriores ni confianza ingenua en la novedad técnica. La misión evangelizadora exige entrar en la cultura digital, pero también discernir sus lenguajes, sus estructuras económicas y sus efectos sobre la libertad.

La misión de la Iglesia en los medios

Evangelización y catequesis

La Iglesia utiliza los medios para anunciar a Jesucristo, explicar la fe, acompañar a quienes buscan respuestas y ofrecer formación bíblica, litúrgica y moral. La comunicación digital puede acercar contenidos cristianos a personas que viven lejos de una parroquia o que atraviesan situaciones de aislamiento.

La evangelización mediática no sustituye los sacramentos, la vida comunitaria ni el acompañamiento personal. Una emisión puede anunciar el Evangelio, pero la fe necesita también relaciones concretas, oración, conversión y participación en la comunidad cristiana.

La Iglesia debe adaptar los contenidos a los distintos públicos sin alterar el núcleo del mensaje cristiano. El lenguaje dirigido a niños no coincide con el destinado a adultos; una explicación catequética requiere un método distinto del empleado en una noticia; una homilía no puede reducirse a una publicación breve. La adaptación pastoral exige claridad, rigor y respeto por la inteligencia de los destinatarios.

Comunicación interna

Los medios favorecen la unidad de la Iglesia cuando ayudan a conocer la vida de las diócesis, parroquias, asociaciones y comunidades. También permiten coordinar actividades, informar sobre decisiones pastorales y dar a conocer iniciativas de servicio.

La comunicación institucional debe ser transparente, veraz y respetuosa. La defensa de la Iglesia nunca justifica ocultar abusos, negar hechos comprobados o desacreditar a las víctimas. La verdad fortalece la credibilidad eclesial; la manipulación la destruye.

Presencia pública y servicio social

La Iglesia participa en el debate público para defender la dignidad humana, la libertad religiosa, la familia, la paz, la justicia y el cuidado de los más vulnerables. Su presencia mediática no busca privilegios, sino contribuir al bien común y ofrecer la perspectiva del Evangelio.

Los medios católicos pueden informar sobre la vida de la Iglesia y tratar cuestiones sociales, culturales y políticas desde una visión cristiana. Para cumplir esta misión necesitan profesionalidad periodística, independencia frente a intereses partidistas y capacidad para distinguir la doctrina de la Iglesia de las opiniones particulares de sus colaboradores.

Medios católicos y profesionalidad

La Iglesia necesita prensa, editoriales, emisoras, productoras, oficinas de comunicación, centros de investigación y programas de formación. Estos instrumentos no constituyen actividades marginales: la comunicación influye en todos los ámbitos de la misión eclesial y debe integrarse en la planificación pastoral.9

Un medio católico debe reunir varias condiciones:

  1. Fidelidad doctrinal, sin confundir la enseñanza de la Iglesia con preferencias personales.
  2. Rigor informativo, mediante la comprobación de datos y la corrección de errores.
  3. Calidad profesional, tanto en la redacción como en la producción técnica.
  4. Respeto por las personas, especialmente por quienes sufren o carecen de poder.
  5. Sentido evangelizador, que presente la fe con claridad y sin reducirla a propaganda.
  6. Apertura al diálogo, capaz de escuchar preguntas, objeciones y experiencias diversas.
  7. Responsabilidad económica, evitando que la búsqueda de financiación determine el contenido.
  8. Cuidado del lenguaje, para no difundir prejuicios, agresividad o simplificaciones injustas.

La calidad de un medio católico no depende únicamente de incluir contenidos religiosos. Una noticia eclesial mal investigada, una imagen manipuladora o un comentario injusto contradicen el mensaje cristiano aunque utilicen vocabulario piadoso.

Formación de comunicadores y destinatarios

La formación abarca dos dimensiones complementarias. Los comunicadores necesitan dominar las técnicas de su profesión y comprender sus responsabilidades morales. Cuanto mayor sea su capacidad de influir en la opinión pública, mayor será también su deber de competencia y prudencia.1

Los destinatarios necesitan educación mediática. Esta formación ayuda a:

  • Reconocer intereses económicos e ideológicos.
  • Distinguir información, publicidad y propaganda.
  • Analizar imágenes y titulares.
  • Detectar exageraciones y falsedades.
  • Comparar versiones de un mismo acontecimiento.
  • Proteger la intimidad propia y ajena.
  • Administrar el tiempo dedicado a las pantallas.
  • Evitar la difusión irreflexiva de contenidos dañinos.

La familia, la escuela, la parroquia y las asociaciones católicas comparten esta tarea. La educación mediática forma parte de la educación moral porque enseña a ejercer la libertad con responsabilidad.

Publicidad y consumo

La publicidad informa sobre productos y servicios, pero también configura deseos, estilos de vida y criterios de éxito. Puede ofrecer datos útiles o manipular mediante el miedo, la vanidad, la sexualización y la promesa de una felicidad reducida al consumo.

La ética cristiana reclama respeto por la verdad, especialmente en la presentación de los productos, sus efectos y sus condiciones. La publicidad dirigida a menores requiere una cautela especial, porque ellos poseen menor capacidad para distinguir persuasión e información.

La economía de los medios plantea además una cuestión de justicia. La dependencia exclusiva de la audiencia o de la publicidad puede favorecer contenidos superficiales y excluir asuntos importantes que no generan beneficios inmediatos. El bien común exige estructuras que protejan el pluralismo y permitan una información libre de presiones indebidas.

Desinformación, manipulación y polarización

La mentira mediática puede adoptar formas diversas: una noticia inventada, una fotografía descontextualizada, un titular engañoso, una estadística incompleta o la repetición de un rumor hasta convertirlo en apariencia de verdad.

La manipulación no siempre introduce una falsedad absoluta. A veces selecciona únicamente los datos que favorecen una determinada conclusión y silencia todo lo demás. También puede utilizar emociones legítimas -indignación, miedo, compasión- para impedir el juicio racional.

La polarización destruye la posibilidad de diálogo cuando presenta al adversario como enemigo moral absoluto. La comunicación cristiana debe evitar tanto la ingenuidad como la agresividad. La defensa firme de la verdad puede convivir con el respeto a la persona que piensa de otro modo.

Criterios para un uso cristiano de los medios

Un uso responsable de los medios puede orientarse mediante varias preguntas:

  • ¿El contenido respeta la verdad?
  • ¿Protege la dignidad de las personas?
  • ¿Favorece el diálogo o alimenta el enfrentamiento?
  • ¿Presenta a los vulnerables con respeto?
  • ¿Busca informar, educar y servir, o únicamente captar atención?
  • ¿Ayuda a ejercer la libertad o induce dependencia?
  • ¿Promueve una visión integral del ser humano?
  • ¿Contribuye a la comunión o intensifica el aislamiento?
  • ¿La reacción del usuario nace de un juicio razonado o de una emoción manipulada?

El discernimiento cristiano no exige rechazar los medios, sino utilizarlos con libertad interior. La persona debe conservar la capacidad de guardar silencio, escuchar, reflexionar y encontrarse cara a cara con los demás.

Medios de comunicación y esperanza cristiana

La comunicación puede difundir desesperanza cuando presenta la historia como una sucesión de violencia, fracaso y corrupción sin posibilidad de redención. También puede ofrecer una esperanza falsa basada en el éxito, el poder o el consumo.

La esperanza cristiana no niega el mal ni oculta el sufrimiento. Lo contempla a la luz de la dignidad humana, la responsabilidad moral, la acción de la gracia y la promesa de la salvación. Por eso los medios pueden servir a la esperanza cuando muestran la verdad completa, dan voz a quienes padecen injusticia y presentan ejemplos de solidaridad, conversión y entrega.

Juan Pablo II vinculó los medios con la posibilidad de liberar a las personas de la ignorancia, los prejuicios y el aislamiento. Cuando la comunicación respeta la verdad, puede fortalecer la conciencia de la dignidad humana y abrirla a la esperanza cristiana; cuando la traiciona, favorece la opresión y la desesperanza.3

Conclusión

Los medios de comunicación ocupan un lugar decisivo en la cultura contemporánea y en la misión de la Iglesia. La imprenta, el cine, la radio, la televisión e Internet han ampliado extraordinariamente la capacidad humana de transmitir conocimientos, relatos y experiencias. Ninguno de estos instrumentos garantiza por sí mismo la verdad o el progreso moral.

La Iglesia valora la técnica, pero juzga su uso desde una visión integral de la persona. El criterio fundamental no reside en la novedad del medio, sino en el contenido comunicado, la intención de quienes lo producen, la dignidad de los destinatarios y los frutos que genera en la sociedad.

Una comunicación auténticamente humana y cristiana une verdad, libertad, justicia, caridad y comunión. Allí donde los medios sirven a estos bienes, contribuyen a la evangelización y al desarrollo integral de la humanidad. Allí donde manipulan, degradan o dividen, contradicen la vocación de la comunicación y lesionan la dignidad de sus destinatarios.

Citas y referencias

  1. Parte uno: La visión cristiana de los medios de comunicación social: Puntos básicos de doctrina, Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales. Communio et Progressio - Sobre los medios de comunicación social escrito por orden del Concilio Vaticano II, 15 (1971). 2 3
  2. I. Introducción, Dicasterio de Comunicación. Instrucción «Ética en las Comunicaciones Sociales» (2 de junio de 2000), I. (2000). 2
  3. Papa Juan Pablo II. A la Comisión Pontificia para las Comunicaciones Sociales, 7 de marzo de 1985 - Discurso, 1 (1985). 2
  4. Papa Juan Pablo II. A los representantes de los medios de comunicación en Canberra (25 de noviembre de 1986) - Discurso, 2 (1986).
  5. B10.o día mundial de las comunicaciones: Comunicaciones sociales y los derechos y deberes fundamentales del hombre, Papa Pablo VI. Día Mundial de las Comunicaciones, 1976, 1 (1976).
  6. Parte tres: El compromiso de los católicos en los medios - Capítulo III: El compromiso activo de los católicos en los diferentes medios - 1. La palabra impresa, Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales. Communio et Progressio - Sobre los medios de comunicación social escrito por orden del Concilio Vaticano II, 136 (1971).
  7. Capítulo II - Sobre la actividad pastoral de la Iglesia, Concilio Vaticano II. Inter Mirifica, 14 (1963). 2
  8. III. Un cambio de mentalidad y renovación pastoral, Papa Juan Pablo II. El rápido desarrollo, 9 (2005).
  9. IV. Prioridades pastorales y respuestas - B. Desarrollo y promoción de los propios medios de comunicación social de la Iglesia, Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales. Aetatis Novae: Sobre las comunicaciones sociales en el 20.o aniversario de ‘Communio et Progressio’, II.17 (1992).
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